Veneno Puro


Por Rafael Loret de Mola

Ahora es el vicepresidente de los Estados Unidos quien quiere mantener la regla de oro: México pone la sangre, la Unión Americana, el gran mercado de consumo para los enervantes. Un pretexto magnífico, sin duda, para insistir en la injerencia de la nación del norte en el nuestro y, peor aún, la amenaza permanente de avanzar con sus tropas, camufladas dentro de las Fuerzas Armadas –como lo permitió el entreguista calderón, siempre en minúscula-, hacia nuestro territorio con el vano argumento de que sólo así es factible mantener bajo estándares de control el tráfico d estupefacientes, habida cuenta de que Guatemala y México ya desplazaron a Colombia en la refinación de cocaína y nuestro país, además, se coloca en séptimo sitio entre los que elaboran opio. Todo, claro, aprovechando la cercanía geográfica con el gigante.

Joseph Biden, por supuesto, no habla de cuáles serán sus aportaciones, fuera de las presiones bélicas y el acecho inacabable hacia el sur del continente, para evitar que los contéiners cargados de enervantes crucen las amplias carreteras estadounidenses y lleguen a los puestos de ventas en las ciudades con mayor capacidad de consumo sin el menor problema y escasos decomisos callejeros. Este es el problema real: los zares del vicio se diluyen en cuanto cruzan la frontera, dejan atrás el Bravo y las mojoneras llegando al absurdo de señalar a nuestro ejército como “acompañante” y guardián de los narcos que se brincan las líneas, incluso a punto de armas largas. Un absurdo porque tal sería tanto como declararle la guerra a la mayor potencia militar de todos los tiempos… aunque los mexicanos estamos acostumbrados a este tipo de hazañas –no olvidemos la gesta del 5 de mayo de 1862 que mañosamente se observa como una victoria francesa en el Arco del triunfo de París cuando sus tropas fueron aniquiladas-.
Biden, de plano, cierra las puertas a la legalización de las drogas… en México; no así en California en donde, hace muy poco, se consideró a la marihuana fuera de la clandestinidad como si de tabaco se tratase; y por allí van otros estados de la Unión, convencidos de que un tratamiento adecuado de problema debe surgir desde la formación de los adolescentes. Ya hemos dicho que en algunas naciones –digamos de la Unión Europea- se autorizaron clínicas para atender a los drogadictos, respetándoles sus dosis y reduciéndolas paulatinamente en busca de curar las adicciones; por desgracia, las dificultades financieras de algunos de estos países obligaron a modificar los programas de salud al respecto y se quedó en el aire, o a medias, una iniciativa bastante congruente con los tiempos actuales.
En México, claro, siempre llegamos tarde. De pronto nos enteramos que somos los mayores productores de cocaína y que existen ya laboratorios de opio además de las cosechas de marihuana y amapola. Por cierto, la mayo refinería de coca, por llamarla así, estaba instalada en donde hoy se yergue, faraónico, el templo de autoadulación de los Fox; curioso: quien empezó como empleado y gerente de la Coca-Cola ahora se sitúa donde antes fluyó uno de ls ingredientes principales para la elaboración de la misma cuya fórmula, se supone, era medicinal, una especie de calmante como la pasiflora. Pero todo esto pasó de moda cuando los poderosos dl norte se percataron de las dotes adictivas del producto y comenzaron a usarlo ya n o para tranquilizar a nadie sino para mantener en letargo sostenido a las tropas que no sabían porque debían pelear por causas que no entendían, muriendo o siendo mutilados a mansalva de acuerdo a los vie4ntos bélicos de la Casa Blanca.
Y, aunque ahora lo pretendan negar, la producción de marihuana comenzó en Baridaguato, Sinaloa, precisamente en tiempos de la segunda guerra mundial cuando era necesario “estimular” a los valientes quienes, en otro continente, tenían la obligación de sentirse –y debían creérselo- invencibles. De allí comenzaron las tremendas deformaciones que hoy dan paso a las sinuosidades extremas y a las guerras intestinas que se recrudecen en México por distintos puntos de su agitado territorio; antes, la frontera norte; hoy, Michoacán y la tierra caliente de Guerrero lo mismo que Jalisco; mañana, ¿el círculo dorado del sureste? Por desgracia es bastante predecible como lo es, también, la intención de mantener la violencia en México para hacer rendir con ello a los nuevos inversionistas foráneos que compran muy barato en los terrenos minados por la mala propaganda. Nunca se había dado un fenómeno similar: los ricos mexicanos huyen con sus capitales y, a cambio, llegan los foráneos cargados, otra vez, con cristales brillantes para comprar bancos y telecomunicaciones. Esta es la verdad que encierra el sistema nuestro detrás de las cortinas de humo.
Insisto en el punto porque el sexenio avanza y las indefiniciones aumentan. Sólo hay dos maneras de intentar resolver la violencia extrema dejándoles de hacer el juego a los inversionistas del exterior deseosos de adquirir ofertas para luego acaparar millones de dólares:
1.- La negociación. Pero ésta, desde luego, acabaría por crear una suerte de gobierno criminal, no de derecho, esto es aliado con los cárteles y los grandes “capos” en el filo del estado fallido, una de las apuestas más directas de quienes observan a México con la displicencia de quienes no desean su auge porque con las crisis y los enfrentamientos especulan y ganan más; por desgracia, en esta línea hay también algunos inversionistas nacionales convencidos de que, para “salvarse”, deben depauperar al país llevándose sus bienes al exterior, nada menos más de 20 mil 542 millones de dólares, la mitad de lo “saqueado” en 1982 cuando José López Portillo estatizó una banca en crisis para luego posibilitar, ya con Miguel de la Madrid en la Presidencia, la mayor indemnización jamás pagada a los banqueros sufridos quienes, claro, multiplicaron sus haberes varias veces: al irse y al ser compensados por el gobierno con pagos onerosos durante casi dos décadas. Jamás hubo negocio mejor ni más extenso.
2.- La legalización. Con ello, claro, se abatiría la guerra que ya sembró más de cien mil cadáveres por todo el país –una cifra bastante mayor a la de las víctimas del terrorismo, por ejemplo, en Nueva York y Madrid-, y además bajaría considerablemente el precio de las dro0gas aunque, por un momento, se disparara el consumo; uno o dos años quizá, antes de estabilizarse a la baja si las acciones van acompañadas con la suficiente información para inhibir a los consumidores y reducir la presión agresiva de los vendedores. Desde luego, tal postura conlleva riesgos muy severos, entre ellos, desde luego, la hipocresía de los estadounidenses quienes ya se acostumbraron a la fórmula de “dejar hacer y dejar pasar” por sus aduanas los cargamentos infectos a cambio de una generosa distribución de verdes divisas. No es un secreto ya para nadie. Se trata de un negocio cuyo núcleo está muy afianzado en el gobierno de Washington; y nosotros, pagamos por ello.
Dice Biden que su país ha aportado “millones de dólares en programas de prevención y tratamiento contra la drogadicción para abordar el problema no solamente desde una perspectiva criminal”. Suena bien, pero entonces por qué no responden a la interrogante clave: ¿cuál es la razón por la que no persiguen a los traficantes y distribuidores de los estupefacientes una vez que se alejan de la frontera con México? La respuesta exhibe hasta donde llega la red de complicidades, rebasado el gobierno de Barack Obama, quien optó por dejar tratar el asunto a su vicepresidente mientras él atiende asuntos digamos más complejos: como convencer al presidente Peña Nieto de que está muy bien la “cooperación” estadounidense, autorizada por calderón y frenada por el actual primer mandatario, para infi8ltrarse dentro de las tropas mexicanas… poco confiables, dicen. ¿Y los agentes aduanales, la Border Patrol y demás, tienen las manos limpias? Por favor.
Mientras el cinismo avanza, Michoacán es tierra de nadie, imbuido en una guerra de facto en la que no puede haber vencedores y, para colmo, con grupos extremistas con discursos “sociales”; le llamaría la criminalización de la demagogia. A esto nos han llevado de la mano.
Mirador
En el mundo moderno, tras tantas vicisitudes históricas, es inaceptable creer en los supuestos privilegios de una clase superior, intocable. En España, por ejemplo, la extraña convergencia de la Monarquía con la democracia parlamentaria es tan difícil de explicar que hasta el ex presidente del gobierno español, Felipe González Márquez, gran amigo de Carlos Slim Helú, sotuvo alguna vez:
–No sé cómo puede ser… pero funciona.
No obstante, en esta hora, la Monarquía se resquebraja. El escándalo financiero del yerno del rey Juan Carlos, Iñaki Undigarín, esposo de la Infanta Cristina a punto de ser indiciada, vasco de origen y formado en Cataluña como jugador de basketball, quien formó una Fundación para desviar millones de euros hacia los paraísos fiscales de Belice y Luxemburgo, ha obligado a la Casa Real a pronunciarse por exhibir sus cuentas, que ascienden por ley a más de ocho millones de euros al año –unos 150 millones de pesos-, sin considerar los gastos de seguridad, transportación, secretarios y servidumbre en general. Así y todo se considera a la española la Monarquía más modesta de Europa y no integran, como Isabel II de Inglaterra, el listado de los mayores multimillonarios del planeta.
Pero los comunes están muy pero muy cansados de sostener a los zánganos con corona que aseveran son indispensables para mantener la unidad nacional. Por ejemplo, el Príncipe Felipe –de Asturias y Gerona-, ha debido declarar su “amor” por el idioma catalán, que domina, para situarse por encima del diferendo sobre los regionalismos exacerbados.
De allí los celos y los recelos que causan quienes ostentan seños y símbolos pero no poder real, salvo el que deriva de las cuestiones domésticas como segregar al yerno incómodo del fuero familiar. Si en México siguiéramos esta pauta, no habría lugar al nepotismo exacerbado, que dio lugar al malogrado episodio de Michoacán o al reacomodo de los cuñados de Calderón dentro de los consorcios hispanos en auge por sus complicidades con el poder público. Nada es peor, entonces, que la monarquía –o el autoritarismo- simulado.
Por las Alcobas
Que se sepa, ninguno de quienes fueron aspirantes presidenciales tiene limitaciones económicas de alguna índole. El gran misionero en pro de los pobres, Andrés Manuel, no le niega a los suyos lujo alguno –desde automóviles hasta tenis de alto costo, entre otras muchas cosas-, contradiciendo su propia representación personal como un personaje austero que transita en un Tsuru con tal de no llamar la atención. Y ni se diga de los derechistas en busca de la candidatura panista con sus alegatos sobre que han trabajado mucho para hacer brillar “el oro”.
En similar tesitura, la familia Peña Nieto ya mostró el cobre de la suficiencia. ¿Nos imaginamos a otro clan, como los Salinas, de ricos herederos incapaces de ponerse en los zapatos de la “prole” siquiera para entenderla? El caballo de la Revolución hace tiempo se quedó sin jinetes ni amazonas.
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E-Mail: loretdemola.rafael@yaho.com.mx
EL ORO PESA MÁS QUE LAS BALAS. LO MISMO DURANTE LA COLONIA QUE EN LA VIDA MODERNA EN DONDE ESTE MISMO TERRITORIO QUE FUE ALGUNA VEZ MESOAMÉRICA, LUEGO NUEVA ESPAÑA Y ES AHORA MÉXICO, PRODUCE AMBICIONES SIN LÍMITES POR SU SITUACIÓN EXCEPCIONAL, NO SÓLO POR SU VECINDAD HACIA EL NORTE SINO POR SUS PROPIOS RECURSOS NATURALES. LE PREGUNTO AL PRESIDENTE PEÑA NIETO SI TAL NO ES MOTIVO DE BLINDAJE CON LA SED DE CONQUISTA, RECONQUISTA SI SE QUIERE, A PLENITUD.

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