Festival de Cannes: My Taylor Is Rich

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Málaga (PL) Es inusitado, terrorífico, abrumador, caótico y digno del Tribunal Internacional de La Haya, que los Estados Unidos utilizan para ajustar cuentas. Horripilante, mon cher, que el Festival de Cannes, sí el de cine, el mejor de los mejores, el que da todavía cartas de nobleza al cine, se haya convertido en una sucursal de Beverly Hills, donde los yanquis se despachan a gusto con sus películas, por malas que sean, aprovechando el prestigio y el glamour de esta eterna fiesta del cine, para conseguir que salten a las pantallas del resto del mundo. Porque incluso cuando hacen buen cine, hacían sería más justo, nunca se olvidan del principal factor, el negocio.

Los incautos que se pasan el día viendo cintas norteamericanas, que copan la mayoría de las salas del mundo, dejando a la producción nacional migajas de espectadores, ignoran que esta bravucona manía de considerar que todo lo que viene de Hollywood es genial, es la principal industria norteamericana. Quizá las armas que ellos mismos venden al por mayor para pasearse por el mundo repartiendo democracia made in Washington les de un poquito más de dinero, pero no es seguro.

El último Festival de Cannes, el de cine, claro, no lo confundan con el del disco o de cualquier cosa, la pesca a la trucha por ejemplo, fue una vergüenza. Un descaro de todos esos productores norteamericanos que sin siquiera esforzarse en pasar inadvertidos hablando el francés, estrenaron todo lo que les interesaba meter en el mercado europeo. Hasta una cosa del tal Michael Douglas que no contento con esa exhibición de estupidez, una demostración de que los hijos no tienen por qué ser tan geniales como los papás que los procrearon, nos gratificó después de volver a Estados Unidos con teorías sexuales de su cáncer de garganta que podía haberse guardado para él…

Pero Don Michael, ni siquiera Corleone, sabía que a los europeos plebeyos y catetos de armas tomar les encanta todo lo que llega en una lengua que ya intentó introducirse en Europa en los años cuarenta, cuando Washington entró en guerra contra los alemanes en la II Guerra Mundial sólo, y dos años después del comienzo de la contienda, cuando los japoneses le hicieron cisco su orgullosa flota, después de que sus maravillosos servicios secretos, los mismos que ahora confiesan vigilar a todo el que se mueve (por su propio bien, naturalmente) en cualquier lugar del mundo. Fue cuando los soldados norteamericanos desembarcaron ampliando el espectro del proxenetismo en toda Europa, sobre todo en Italia. Esos muchachos limpios y maravillosos llegaban mascando chicle y regalando barras de chocolate a las muchachas que encontraban y que así tomaron el camino más rápido de la prostitución.

Los norteamericanos siguen erre que erre. El exsenador norteamericano, Christopher John Dodd, ha advertido a los franceses que si quieren que Estados Unidos firme un tratado comercial con Europa hay que dejarse de majaderías y no exigir, como lo hace Francia, que el cine y todo el audiovisual sean una excepción cultural que no pueda ser devorado por el cine norteamericano acostumbrado a venderlo todo en este continente, lo mejor como lo peor. Y el hombre, enviado de los multimillonarios intereses de Hollywood advierte como si fuese a llegar la marabunta: “Un acuerdo de libre comercio ayudaría a Europa a salir de la crisis, pero es imposible entablar negociaciones excluyendo por completo a un sector (audiovisual, y en particular el cine)”.

Y entonces amenaza con el Apocalipsis en declaraciones al semanario Le Nouvel Observateur diciendo que, en ese caso, “Estados Unidos declarará a su vez que no se puede tocar (dejar fuera de las negociaciones) a los vinos californianos, al maíz de Iowa o al automóvilâ��”.

Francia ha dicho que nanay y que “el cine europeo tiene que ser protegido caiga quien caiga.” Pero en esta actitud digna de De Gaulle casi nadie le sigue en esa Unión Europea que parece más dirigida desde Washington que desde Bruselas. Se ha negociado y se seguirá negociando en Bruselas en pos del que llaman un magno acuerdo comercial europeo con Estados Unidos. Este fin de semana terminó un primer asalto del que los franceses salieron muy satisfechos, afirmando que la excepción cultural no se negociará con Washington. Pero parece un poco rápida como conclusión. Lo más probable es que la alegría no dure demasiado.

Sin esa excepción cultural que reclama Francia y que los norteamericanos ya se han merendado porque les estorbas para sus negocios, ¿qué sería de joyitas periféricas como “Caramel” de Nadine Labaki (coproducción Francia-Líbano, 2007) y otras a las que el amigo americano, el bárbaro del norte, convertiría inmediatamente en producto de tienda china?

Acabo de ver por undécima vez “Caramel” y una vez más me ha conquistado su sensibilidad con acento árabe y rizos franceses, himno a las ansias de vivir en un Beirut que los dioses malditos de la guerra pisotearon una y otra vez.

Esta semana me he apartado del guión de mis croniquillas habituales porque he visto la foto de Mr. Christopher John Dodd, de 69 años de edad, el abogado del fin de la excepción cultural, y no me inspira la menor confianza. Y para que lo sepan todo les aclararé que es el mismísimo Presidente de la poderosísima Asociación de Productores y Distribuidores Cinematográficos de Estados Unidos, el cine de Hollywood en persona. No tiene cara, ni tampoco las funciones de haber visto “Caramel” o querer que se sigan rodando maravillas parecidas.

Por si acaso, para el próximo Festival de Cannes, vayan aprendiendo inglés en serio porque probablemente nos haga falta. “My Taylor Is Rich” (NDLR. Mi sastre es rico) era una broma sacada de un librito de “Aprenda inglés en 10 días” que soltábamos en Tánger cuando aparecía algún bárbaro del norte. Me temo que de verdad nos va a hacer falta un sastre rico si queremos que el cine europeo no desaparezca del todo.

Bueno, siempre nos quedará el Chanel 5, que todavía no han norteamericanizado.

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