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La búsqueda de ETs sigue en su apogeo

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La Habana (PL) La búsqueda de vida en otros mundos está en su apogeo como nunca antes desde que en 1995 se descubriera en la constelación de Pegaso el primer planeta en otro sistema solar: 51 Peg b.

Esta fue la confirmación de que el Universo tenía en todas partes (o por lo menos en nuestra galaxia) la misma composición, lo cual provocó un gran revuelo en el mundo científico.

Los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz, trabajando en el observatorio de Haute Provence, en el sur de Francia, emplearon para su descubrimiento el análisis de la velocidad radial, aunque hoy se emplean nuevos medios más avanzados.

Ambos científicos abrieron así la puerta a algo que sólo unos decenios antes parecía un sueño: tener la seguridad de que en torno a otras estrellas existen planetas, y posiblemente la presencia de alguna forma de vida.

Porque en la investigación cósmica hay un objetivo fundamental por encima de cualquier otro: comprobar si allá afuera hay vida y si no estamos solos en el Universo.

Sobre este tema los debates no cesan en el mundo científico. Mientras unos piensan que la vida, al igual que en la Tierra, debe ser algo común en la inmensidad del espacio, otros más pesimistas creen que podemos descubrir un día que la soledad es el destino de nuestro planeta.

Recientemente astrónomos del Observatorio Europeo Austral (ESO) calcularon en 60 mil millones la cantidad de sistemas solares en la Vía Láctea poseedores de planetas, muchos de los cuales tendrían el tamaño y la distancia adecuada de su estrella para poseer agua y tal vez oxígeno en su superficie.

Estos cuerpos girarían, según este vaticinio, en torno a estrellas enanas rojas, muy opacas y difíciles de detectar, pero que ahora se consideran las más numerosas en nuestra galaxia.

Hasta el momento, sin embargo, esto son sólo teorías, pues la realidad de nuestro propio sistema solar muestra únicamente un planeta con vida. El resto son gigantes gaseosos o bien cuerpos pedregosos cubiertos de polvo sin el menor rastro viviente.

La idea de la vida como algo inevitable, de que dondequiera que existan los componentes químicos la vida surgirá, es una idea basada ante todo en un simple razonamiento: la vida en la Tierra no debe ser una mera casualidad.

Por otro lado, hay tantos trillones de estrellas, que en alguna otra parte debe haber surgido la vida, y el problema ahora está en encontrarla.

Hay científicos que piensan que nuestro planeta es algo ciertamente bastante especial, pues la vida está presente desde el nivel microscópico al macroscópico hasta en los lugares más inverosímiles: desde los desiertos más áridos hasta las cumbres nevadas de los Montes Himalaya.

Hace poco se pudo comprobar la presencia de por los menos tres mil 500 especies de organismos vivos en el lago Vostok, a tres kilómetros debajo de los hielos de la Antártida, en una de las más recientes pruebas de la existencia de organismos que existen en condiciones extremas, por lo cual se les llama extremófilos.

Es decir, ¿por qué si la vida en la Tierra es tan omnipresente desde hace millones de años, no va a serlo también en otros cuerpos celestes?

Un argumento en contra fue avanzado hace poco más de dos decenios por un grupo de científicos que llamaron la atención sobre el hecho de que no hay pruebas sobre la existencia de vida en nuestro medio más allá de 500 millones de años atrás.

A partir de esa fecha se produjo lo que se ha dado en llamar la explosión cámbrica, cuando la vida pareció estallar por doquier en múltiples organismos y especies, como aparece hasta hoy en el registro fósil. Se ignora cuál fue el detonante de este fenómeno.

Antes del cámbrico el registro fósil se muestra vacío en cuanto a organismos vivos. Se calcula que la edad de la Tierra es de unos cuatro mil 500 millones de años. Por tanto, ¿qué ocurrió en los primeros cuatro mil millones de años?

¿Existía acaso la vida microscópica, incapaz de dejar rastros? ¿Y desde cuándo? ¿Por qué no evolucionó rápidamente hacia formas multicelulares más complejas?

Los partidarios de esta visión de un Cosmos sin vida estiman que nuestro planeta es bastante excepcional por su distancia del Sol, por la protección de le brinda la atmósfera contra la radiación y la ausencia de constantes cataclismos, como un bombardeo constante de grandes meteoritos.

Incluso si piensan que la vida no es un fenómeno único, también están convencidos de que, en cualquier caso, es algo raro y la Vía Láctea a lo mejor alberga sólo unas pocas civilizaciones separadas entre si por los inmensos abismos interestelares.

No obstante, la Humanidad proseguirá ingeniándoselas para crear nuevas tecnologías que permitan escrudriñar aún con mayor detalle las insondables

lejanías para tratar de acercarnos a la verdad.

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