Desafío

RAFA LORET
Por Rafael Loret de Mola

*Persecución Impune

*Grandes Farsantes

*La “Tranquilidad”

Los espejos, a través de nuestra existencia. Son reflejos inequívocos de cómo los golpes del espíritu van ajando el rostro, carcomiéndolo, muchas veces hasta convertirlo en una imagen ponzoñosa de la conciencia; los ojos, sobre todo, traslucen cuanto se atesora e incluso los sentimientos mejor guardados. Cualquiera sabe, si sabe observar, cuando se acerca sigiloso, o un traidor o un impostor si clavamos en él la mirada y ejercemos al andar un poco de análisis psicológico. Por ejemplo, no teníamos dudas acerca de que Enrique Peña Nieto sería un magnífico candidato –aunque en la fase final, desesperado, sus operadores empañaron las elecciones de 2012 al sentir cercano el bufido provocador de Andrés Manuel López Obrador-, pero no un bien presidente por los tantos intereses que le rodearían desde el arranque mismo. Y así fue, lamentablemente.

Lo confirmo a cada rato porque, en esencia, vivimos la continuidad del régimen de derecha instaurado desde el paso de Miguel de la Madrid por la Presidencia, entre 1982 y 1988. Acaso el más frívolo de los ex mandatarios, el también ya extinto José López Portillo, su predecesor inmediato, insistía a quienes le escuchamos varias veces recitar la cantaleta de que él había sido el último presidente bajo las banderas de la posrevolución, esto es sobre todo las sociales, aun cuando nos dejara al límite de la quiebra al no poder contener la ambición de los granes empresarios y la de sus propios colaboradores, como él mismo me dijo, quienes, con información privilegiado sobre los tipos de cambio, saquearon al país y se llevaron fuera 40 mil millones de dólares de entonces. Una barbaridad.

Pero las malas costumbres sigue. Por ejemplo, en cuanto a la persecución de periodistas a quienes, para silenciarlos, les denuncian, de manera perversa, como enclaves de algunas de las mafias que dominan el territorio nacional, específicamente con los cárteles cuyas cabezas siguen siendo intocables como en los casos de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo” -¡No me hicieron caso para que substituyera a “El Chepo” en la dirección técnica de la selección de fútbol y así darle una imagen socialmente aceptable a cambio de que su presencia en las canchas inhibiera a cualquier rival del mundo!-, y su lugarteniente Ismael “El Mayo” Zambada quien se dio el lujo de llevar ante él al legendario Julio Scherer García, con su baúl de décadas a cuestas, para ser entrevistado con la debida credibilidad. Acaso olvidaba que el maestro también fue solicitado por “Marcos”, del EZLN, con la condición de que no le hiciera ninguna pregunta incómoda; o quizá por eso mismo.

Por supuesto, nadie pensó que a Scherer fueran a fustigarlo quienes administran la justicia en nuestro país en razón de aquella osadía que implicaba tener cierto conocimiento –bastaba con la vegetación y la brújula que surge, precisamente, de la sabiduría sobre la orografía del país-, sobre dónde se llevaba a cabo el encuentro singular, publicitándolo en una revista, fundada por él, de circulación nacional y fama de independiente aun cuando sólo muestre una tendencia única en una nación de profundos contrastes partidistas y sectarios. Don Julio, cuyo prestigio está fuera de dudas, hizo la faena con la habilidad y el cálculo –no exento de vanidad- que sus hazañas periodísticas le brindan.

Desde luego, las expectativas no son iguales para todos. Tengo en mis manos una obra, de reciente publicación –apenas lleva unas semanas en el mercado-, “Los Malditos”, lamentablemente editada por Grijalbo, una de las empresas que se niegan a impulsar a las obras críticas de los mexicanos salvo cuando se trata de documentos basados en informaciones oficiales o cuestionamientos sobre el pasado y no el presente, aunque en este caso la obra en cuestión rebase lo meramente coyuntural para situarse en el nivel de los textos-denuncias para armar la crónica de nuestro tiempo. Lo firma J. Jesús Lerma Barajas, quien dirigía el cotidiano “El Tiempo”, precisamente en La Piedad, Michoacán, muy cerca de Santa Ana Pacueco, Guanajuato, lugar en donde se disfrutan las mejores “carnitas” de la República, y quien fue detenido, grotescamente, en 2008 por cuenta de una persecución política local acerca de las vinculaciones de las autoridades con el narcotráfico, en plena crecida de la “guerra de Calderón”. Fue en mayo y apenas en noviembre, seis meses después, cayó “accidentado” el Lear Jeat que conducía de San Luis Potosí a la Ciudad de México, a un kilómetro de Los Pinos, al entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño y a quien había sido responsable de la persecución contra los cárteles hasta semanas antes del suceso, José Luis Santiago Vasconcelos.

Es interesante el apunte porque, sin duda, exhibe la profundidad de la cuestión: Mouriño, de origen gallego pero nacido en Madrid y avecindado en mi querida Campeche, había sido el encargado de negociar, sin éxito, una posible tregua entre los grandes “capos” para unirlos bajo un solo mando, el de Guzmán Loera, claro, estrategia que se forjó con alfileres y se desplomó cuando los Beltrán Leyva se sintieron traicionados por “El Chapo” –no nos confundamos de volcán, amigos correctores-. Era, pues, el año clave en que los narcos transaban, a sus anchas, la viabilidad de hacerse de territorios importantes para el paso de sus mercancías malsanas hacia los Estados Unidos. Y estaban, por ello, dispuestos a hacerles cualquier clase de favores a la clase política infiltrada. El gobierno municipal de La Piedad, anotó el punto, y con el auxilio del entonces gobernador, Leonel Godoy Rangel, quien apenas tenía tres meses en el cargo, se tendió a Lemus una trampa: un comandante de la Policía Ministerial de Guanajuato le citó para que diera cuenta de unos supuestos cadáveres que habían encontrado, para en lugar de ello apresarlo y confinarlo en el penal de Puente Grande –o Puerta Grande, como se le llama desde la fuga insólita de “El Chapo”, en enero de 2001-, alegando que tenía vínculos con el narcotráfico.

Para ello, claro, debieron prestarse, muy gustosos, el entonces mandatario de Guanajuato, Juan Manuel Oliva Ramírez, quien instauró su propio cacicazgo en la entidad colocando a su mero testaferro, Miguel Márquez Márquez, actual depositario del Ejecutivo en la cuna de la Independencia Nacional, como un elemento moldeable para que siguiera ejerciendo su influencia; el otro personaje siniestro de la historia es Genaro García Luna, cuya condición de secretario de Seguridad Pública en esos días, le habilitaban para fabricar toda suerte de “fichas” al gusto, por supuesto, de sus patrones o de quienes creían como el pobre calderón –minúsculas- tener jerarquía sobre él.

La prisión de Lemus duró tres años con cinco días, en un penal de alta seguridad aun cuando no se le hubiera dictado sentencia como uno de los personajes con mayor peligrosidad, condición que acreditaría su estancia en una sede penitenciaria como ésta, y durante ese tiempo, el reportero, sobre papel de baño y con una tiza pequeña de carbón que podía esconder y entregar a su esposa durante las visitas conyugales escasas, se dedicó a realizar reportajes sobre algunos de los grandes criminales allí encerrados como el célebre “Mochaorejas”, Daniel Aguilar Treviño –quien disparó contra José Francisco Ruiz Massieu, asesinándolo a plena luz del día en la ciudad de México-, Mario Aburto Martínez, encerrado por el magnicidio contra Colosio y a quien también este columnista entrevistó, en el penal de Almoloya, en marzo de 2002, y hasta Rafael Caro Quintero, recientemente liberado sin que los estadounidenses hicieran un serio reclamo por él a pesar de ser el asesino y torturador, supuestamente, de Enrique “Kiki” Camarena Salazar, motivo suficiente para que fuera un perseguido de los tribunales estadounidense para exigir su extradición.

Pero, el fondo del asunto es el acoso que sufren los diaristas del interior del país, cuyos nombres no suenan en el centro neurálgico de la República en donde perseveran los gacetilleros mercenarios y los cotidianos acobardados o servidores de intereses muy complejos pero suficientemente poderosos, sin interés por el momento de cuestionar la permanencia de los autoritarismos en la geografía nacional, acosados por los caciques regionales que solicitan a los narcos, en combinación con las policías venales, la exclusión de cuantos les señalan e incomodan. Por ello, claro, ha aumentado el número de colegas muertos o desaparecidos, como nunca antes, dentro de un margen de represión que se extiende desde el 2000 y no para… ni siquiera por la segunda alternancia, una panacea en la praxis política que esconde y protege a los peores.

Debate

Cuando Jesús Lemus contó su historia a Daniel Arizmendi, “El Mochaorejas”, en el penal de Puente Grande, Jalisco, éste le replicó –de acuerdo al testimonio recogido en “Los Malditos”-:

–Ya valiste madre. A todos los que llegan a esta cárcel es para dejarlos bien encerrados, y si te trajeron por acá es porque te van a chingar (sic) bonito, porque de una cosa estamos seguros: el gobierno de México no anda con chingaderas (sic), y si quiere chingar(sic) a alguien lo chinga (sic) bien, y si a ti te están señalando por narcotráfico es que te vas a chupar unos veinte o treinta y cinco años de prisión, cuando menos.

No fue así. Lo dejaron libre sin mayores explicaciones; tal y como fue capturado en una sórdida emboscada en tierra guanajuatense, en donde la derecha mantiene controles como los que otrora tenía el PRI en todo el país. Por cierto, al “Mochaorejas” le sentenciaron a trescientos noventa y tres años pero sólo purgará, si lo aguanta, cincuenta, por ser ésta la pena máxima que aplica la jurisdicción mexicana.

Ya todas éstas, estuve hace unos días en Tlaxcala, y me percaté que Armando Prida Huerta, quien se inventó a la Fundación por la Libertad de Expresión, sigue siendo uno de los prestanombres… ¡de Manuel Bartlett Díaz, ahora senador por el Partido del Trabajo de izquierda, acaso el mayor perseguidor de periodistas en la historia del país! Debe unos cuantos asesinatos. No crean más, amigos lectores. Por eso, los casos como el de Lemus siguen reproduciéndose sin parar en el México de hoy.

La Anécdota

Otro de los caciques extintos, Víctor Cervera, d Yucatán, solía regodearse con la impunidad que le cobijó hasta el final de sus días, en agosto de 2004, hace nueve años ya. Pese a ello su clan familiar sigue pretendiendo mandar, como en el caso de la “priísta” abarrotera, Ivonne Ortega Pacheco, quien mantiene dominio en Yucatán a través de quien fue su lugarteniente político, Rolando Bello Paredes.

Pues bien, las “ocurrencias” de Cervera, copiadas de otras figuras, le solían aparentar simpatía. Por ejemplo, decía, repetitivo hasta el cansancio:

–Bueno, “tranquilidad” viene de tranca…

Una filosofía que ahora se sigue contra los maestros rijosos que no quieren evaluarse. El PRI, al fin.

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WEB: www.rafael-loretdemola.mx

E-Mail: loretdemola.rafael@yahoo.com

LA DESVERGÜENZA LLEGA A ALTOS DECIBELES. LA FUNDACIÓN PARA LA LIBRE EXPRESIÓN, FUNDADA POR PRIDA, ME LLAMÓ PARA FORMAR PARTE DE SU CUADRO EJECUTIVO SIN CONOCER YO, NI CORROBORAR POR TORPEZA, QUIENES ESTABAN DETRÁS. Y USÓ MI NOMBRE CON DESCARO HASTA QUE LOS SEÑALAMIENTOS CONTRA BARTLETT LE UBICARON EN OTRA PERSPECTIVA. DE ESTOS DEFENSORES NO NECESITAMOS LOS PERIODISTAS; SÓLO TENEMOS EL ESCUDO DE NUESTROS LECTORES PARA DEFENDERNOS DE LA MAQUINARIA INFERNAL DE LOS “INTOCABLES”, AUNQUE PEÑA ALEGUE QUE YA NO EXISTEN EN EL MÉXICO DE HOY. PERDÓN: NO PUEDO REPRIMIR UNA CARCAJADA.

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