Desafío

RAFA LORET
Por Rafael Loret de Mola

*Mitología o Historia

*Ahora sí: ¿Consensos?

*¿Olvidamos el Pasado?

Para los miembros de la ultra derecha, tan acendrada en grupos como “el yunque” panista –una sociedad secreta en apariencia cuyos ritos obligan a iniciaciones cargadas de fanatismos encendidos-, no hubiese habido mejor regalo que modificar los fastos del bicentenario de nuestra Independencia para posponerlos, precisamente, al 27 de septiembre, una efeméride que hoy se cumple, para conmemorar la toma de la ciudad de México por parte del ejército trigarante. El fondo de la cuestión es que con ello exaltarían la figura compleja de Agustín de Iturbide cuyas donaciones a la Iglesia de aquella época fueron tan cuantiosos que un poco más de resistencia le habría colocado en ujn nicho cercano a los altares; por fortuna no se llegó a tal exceso pero sí, en cambio, en las escuelas privadas con maestros religiosos, aún hoy se habla maravillas del “verdadero padre” de la Insurgencia en una tergiversación severa de los acontecimientos.

Resumiendo, la confrontación permanente entre liberales y conservadores, con apuntes favorables a los primeros cuando se repasa la historia patria, llegó al punto de disponer de los personajes claves como si de piezas de ajedrez se tratara como si con ello fuera posible convertir en antihéroes a los primeros desde la perspetiva de los segundos, esto es con la mayor superficialidad concebible. Para mal, claro, la derecha entronizada en el poder en 2000 y mantenida en ésta durante doce años más el tiempo que dure el continuismo actual, no fue capaz y no lo será de convocar a una revisión profunda de los hechos para, de una vez por todas, poner a cada quien en su lugar y no llegar al absurdo de que los restos de los magnicidas y sus víctimas permanezcan unidos, por ejemplo, en urnas cercanas dentro del Monumento a la Revolución.

Es interesante apuntarlo porque ya comienzan a escucharse las voces en pro del retorno de los restos de Porfirio Díaz Mori, por ahora muy visitados en el cementerio de Mont-Parnase, en París, donde también se hayan figuras como Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beaauvoir, entre otros más. Pese al descuido de la capilla en cuestión, las tarjetas de los mexicanos incluyen un abanico de epítetos y elogios, confirmando la tendencia en pro de forjar una suerte de línea divisoria incontestable que, por supuesto, iría cambiando con las alternancias del futuro… si de verdad lo son y no se estancan, como hasta ahora, en el falaz continuismo en los renglones estratégicos para el país, desde la educación hasta la industria energética pasando por la tributación excesiva, corrosiva diríamos, en contra de la clase media productiva; los ricos, los multimillonarios mejor dicho, tienen donde arrojarse a diferencia de cuantos integran la masa amorfa que, por lo general, resuelve las tendencias políticas a pesar de la alquimia intransitable aplicada entre los pobladores más marginados que aceptan vender sus voluntades políticas, incluso sin estar presentes por efecto de la pizca en los Estados Unidos, por unos cuantos, miserables billetes que, por desgracia, son para ellos un alivio para sus penurias. Hablamos hasta de cincuenta y cien pesos, como los que se distribuyeron en las zonas rurales de la por ahora panista Guanajuato –cuna de la Independencia y de no pocos liberales extraordinarios como contraste-, en donde sólo se pintaron de otro color los antiguos vicios del viejo PRI. Me consta y tengo pruebas de ello.

El caso es que Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu, tal fue su nombre antes de encenderse en él un ego recalcitrante que le llevó a suponerse una suerte de Napoleón mexicano, surgido de la ciudadanía común y no de una corte sofocante y protocolaria rebosante de linajes de azul color –como los del PAN que tan bien les vienen a los aristócratas de nuestros días-, para alcanzar la gloria de ser emperador por capricho y ante la repulsión de los verdaderos insurgentes, como Vicente Guerrero, cuya presidencia tiempo después duró igualmente poco tiempo, escasos nueve meses, a causa de la traición cumplimentada por el capitán mercenario de un bergantín genovés Francesco Picaluga. Masón por el rito de York, no el Escocés al que perteneció Juárez, Guerrero aceptó ser Capitán General de los Ejércitos durante el espurio imperio de Iturbide que duró, exactamente, diez meses, entre mayo de 1822 y marzo de 1823 cuando fue destituido y desterrado. Una absurda aventura monárquica que, por fortuna, no duró sino un suspiro y nos libró de una opresión mayor a las de las posteriores autocracias, sobre todo la de Santa Anna y Díaz Mori, que terminaron igualmente con sendos baños de sangre. Tal es el riesgo de ir a contracorriente de los postulados populares hasta que los nacionales revientan de rabia, por dentro, y se inflaman de patriotismo por fuera.

No, el 27 de septiembre jamás será el día de la Independencia sino la efeméride de dos traiciones sigilosamente armadas para ambos bandos en lucha, primero para los remedos de virreyes hispanos sin la menor autoridad moral y, después, contra quienes se esperanzaban en fundar una nación sin voluntades absolutas o supremas sino mediando una mayor convivencia entre iguales, la utopía de la democracia que todavía no encontramos. Por ello, precisamente, debemos ser conscientes de los hechos reales y aspirar a una revisión histórica a la que la derecha cobarde, hasta hoy, no se atreve para borrar la mitología que pervive y, sobre todo, el absurdo de mantener en el mismo plano a caciques, ladrones y revolucionarios, sean los independentistas o los hijos de “la bola”, auténticos e impregnados de un amor por México fuera de toda duda.

Imagínense: durante doce años, el PAN en el poder se evadió de esta responsabilidad y de muchas otras, por ejemplo las reformas que ahora ha hecho suyas Peña Nieto y que, como la energética, fueron instrumentadas y armadas… desde el sexenio del gran simulador, Ernesto Zedillo Ponce de León. Recuerdo, muy bien, las palabras de su testaferro, el entonces secretario de Energía, Luis Téllez Kuenzler, quien le acompañó como tal en el segundo tramo del deficitario sexenio:

–Nosotros ya hicimos la reforma –me dijo Téllez-; ahora a la próxima administración le toca promulgarla.

Pero llegó Fox y no fue así sino todo lo contrario: se arrinconó detrás de “las muchas faldas” de su consorte y no realizó avance estructural alguno para cumplir con la falacia del cambio; al final, terminó, al estilo de sus antecesores los conservadores, traicionando a la democracia con tal de evitar un “viraje radical” hacia la izquierda cuando éste ha sido positivo en algunos países –por ejemplo, en Brasil con Lula da Silva y Dilma Vana Rousseff, quien dejó plantado al estadounidense Obama, en vez de buscarle la cara lastimosamente, como lo ha hecho Peña, en protesta por el injustificado espionaje del gobierno de Washington-, y no se trataba de apostar por el diablo comunista. Ya estas historias son tan caducas que presentan como tales a quienes las mantienen.

Quienes llegan a Los Pinos, en estas épocas cada vez más convulsas en ausencia d salidas y soluciones –a los maestros rebeldes se les mandó a casa con más “plazas” en los bolsillos, como dinero en efectivo diríamos-, buscan ganar la historia según revelan a sus incondicionales quienes les endiosan asegurándoles que nadie ha sido como ellos. Fox se lo creyó tanto que no duró en comprarse con Juárez sin que el gobierno de Peña haya fraguado algunos actos de desagravio para esta blasfemia civil insostenible por donde quiera verse. Incluso los antijuaristas –empeñados en restregar en los restos del Benemérito el traído y llevado tratado MacLane-Ocampo, signado por éstos pero jamás votado en el Capitolio y el Congreso mexicano, acaso como una estrategia de Don Benito para hacer recular, como sucedió, a los bastiones franceses invasores aunque conllevara enorme riesgos que fueron calculados por el propio Juárez no para dividir sino para salvar al país y devolverle su soberanía perdida, instaurando la República-, asumen que la desproporción fue enorme.

De allí la necesidad de vindicas los sucesos fundamentales y realizar el juicio histórico que esperan quienes ya no están físicamente entre nosotros y no han sido suficientemente analizados en su contexto y circunstancia. Permanecen como víctimas de la especulación ideológica, siempre entre liberales y conservadores incapaces del menor acuerdo, cuando la crispación nuevamente aumenta, atemperada un poco por las desgracias naturales en donde la sociedad, una vez más, fue más eficaz y rebasó al gobierno de la República. Como en 1985 y cada que los huracanes dejan su sello indeleble, año con año, sobre la miseria de quienes menos tienen y sin alcanzar a los afortunados que viven en la burbuja de la macroeconomía, la del doctor Luis Videgaray Caso, asesorado por personajes como Alejandro Gertz Manero, entre otros; basta el nombre para saber por donde se disparan los tiros en plena distorsión de las verdades, no medias mentiras.

Debate

Este columnista se precia de insistir, desde hace dos meses cuando menos, en la necesidad de realizar consensos sobre los temas capitales con arraigo histórico, tales como la iniciativa presidencial de reforma energética sobre la cual, sin conocimiento de causa en la mayor parte de los mexicanos, pretendió justificarse con base a la propaganda a posteriori y luego de la aprobación de la Cámara de Diputados tras discusiones bizantinas y superficiales dirigidas por el priísta Manlio Fabio Beltrones quien todavía no digiere no ser él miembro del gabinete presidencial como secretario de Gobernación.

Sólo que cuando el Senado tuvo la palabra, otro priísta, midiendo el terreno pantanoso, David Penchyna Grub, propuso la realización de dos semanas de “debates” extendiendo invitaciones, tardías pero en fin, al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y a Andrés Manuel López Obrador; incluso al bicicletero represor, Manuel Bartlett –sin apellido materno por gracia de este columnista-, el fracasado Francisco Labastida Ochoa –el torpe de aquel “usted me ha dicho mariquita sin calzones”-, y Gustavo Madero Muñoz, el muro que queda para evitar la influencia malsana de los ex presidentes Fox y calderón –minúsculas- en la vida de un partido al que dividieron hondamente.

Otra vez, la misma historia. ¿Quiénes de todos los apuntados cuentan con autoridad moral? Tendríamos que negar la historia y cerrar los ojos para llegar a una conclusión ad hoc a la propuesta de Penchyna.

Por las Alcobas

Algunos pretenden que nos olvidemos del pasado para darle vuelta a la hoja; lo mismo de Díaz Ordaz y echeverría –minúscula también-; que de salinas –minúsculas, otra vez- y Zedillo. No falta quienes apuntan a Miguel de la Madrid, acaso el peor de los ex mandatarios de nuestra era, ara el borrón y cuenta nueva. O como dijera Rodolfo echeverría Ruiz, sobrino del ex mandatario del mismo apellido:

–Seamos como los chinos. Ellos ya se olvidaron de Tianamenn para pensar el futuro; mientras, nosotros seguimos con la cantaleta de “2 de octubre, no se olvida”.

La disyuntiva es entre la memoria que obliga a la congruencia y la justicia, y la amnesia que borra los signos ominosos y posibilita, por ejemplo, que corruptos y asesinos de la talla de Bartlett y Emilio Gamboa sigan siendo coordinadores en el Senado de distintas bancadas unidas por la antihistoria.

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E-Mail: loretdemola.rafael@yahoo.com

NUESTRA HISTORIA NOS HONRA, PERO NO A TODOS. ES RICA EN MATICES Y EN PERSPECTIVAS PLURALES; PERO POBRE EN JUSTICIA Y REALIZACIONES. DESDE SIEMPRE HEMOS SIDO COMO UNA ESPECIE DE BOTÍN AL ALCANCE DE LOS INVASORES, PRIMERO ESPAÑA Y DESPUÉS ESTADOS UNIDOS AUNQUE NO PODEMOS DEJAR DE CITAR A LA ALEMANIA NAZI QUE BUSCÓ, SIN SUERTE POR FORTUNA, ADJUDICARSE NUESTO TERRITORIO PARA AVASALLAR AL NORTE. PERO LOS TRIUNFADORES DE LAS GRANDES CONFLAGRACIONES MUNDIALES FUERON Y SON, HASTA HOY, MÁS COMPLACIENTES Y ÚTILES CON SUS ENEMIGOS QUE CON SUS ALIADOS SATÉLITES. Y YA DEBERÍAMOS SABERLO, POR MERA EXPERIENCIA, SEÑOR PEÑA NIETO.

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