Esperanza, codicia y decepción

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Llueve sobre mojado, es una antigua forma de señalar que una situación empeora. Metáforas aparte, en nuestro país literalmente sigue lloviendo sobre las zonas inundadas por las tormentas Ingrid y Manuel. Aguaceros torrenciales complican y agravan las condiciones de aislamiento, pobreza e insalubridad en que habitualmente sobreviven millones de mexicanos, nativos y vecinos de aquellas zonas paradójicamente pletóricas de riqueza.

Pero los fenómenos de la naturaleza y sus efectos no debieran sorprendernos. Ya se producían antes de la existencia humana y, muy probablemente, continuarán después de que los humanos desaparezcamos de la superficie terrestre.

En realidad, lo sorprendente es la repetición de nuestras conductas. Huracán tras huracán, terremoto tras terremoto, sequía tras sequía, las quejas y reclamaciones de siempre son respondidas con la ambigüedad y el cinismo característicos de los políticos de todos los tiempos. Idénticas promesas garantizando la reparación de los daños y la prevención que impedirá su repetición en el futuro. Y así hasta la siguiente tragedia, en una espantosa e increíble relación sadomasoquista entre la población y sus verdugos explotadores, encaramados en el poder por décadas a pesar de su ostensible rapacidad y codicia.

El desarrollo de la sociología y de la publicidad han hecho perfectamente predecibles las reacciones populares ante los estímulos. Y eso lo aprovechan en su propio beneficio los mercaderes y políticos sin escrúpulos, para quienes las tragedias públicas son fuente de mayor riqueza y poder.

Lo mismo que ocurre con los fraudulentos espectáculos denominados deporte profesional que, gracias a las bien diseñadas campañas publicitarias, se repiten sin provocar el hartazgo de su clientela, sucede con las respuestas que los pasmados e ineptos funcionarios gubernamentales ofrecen a las angustiadas masas en espera de ayuda y solución a sus ancestrales problemas.

En estos días, como si fuéramos personajes de una novela kafkiana, los fondos públicos especialmente destinados a aliviar las consecuencias de los desastres naturales son disputados febrilmente por los gobernadores de las entidades en desgracia mientras las víctimas tienen que utilizar sus propios medios para resolver las angustiosas carencias.

Recurriendo hábilmente a la sensibilidad social y a la solidaridad de los más pobres, los grandes consorcios empresariales se unen a la demagogia oficial para explotar al máximo a quienes sufren los peores daños derivados del perverso sistema de distribución de la riqueza. Los centros de acopio son vergonzosos modelos de hipocresía en que las televisoras se asocian con las más exitosas firmas comerciales para medrar con la desgracia y publicitar sus marcas.

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