Berna, Einstein y las cebollas

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La Habana (PL) Albert Einstein, el genial físico teórico del siglo XX, y las cebollas tienen un punto en común: sus nombres están asociados, aunque por circunstancias diferentes a la ciudad de Berna, la medieval capital de Suiza.

Por un lado, Einstein estudió, vivió y trabajó durante varios años en la pequeña urbe e incluso concibió y publicó allí en 1905 cuatro de las investigaciones que le dieron renombre universal, una de las cuales, el efecto fotoeléctrico, le valdría el Premio Nobel de Física en 1921.

Otra de ellas, la Teoría Especial de la Relatividad, y su desarrollo posterior, la Teoría General de la Relatividad, le garantizarían un lugar permanente en la historia de la física.

Hoy existe una suerte de museo conmemorativo de la presencia de Einstein en Berna en el apartamento en que residió con su familia en el segundo piso del número 49 de la calle Kramgasse, en pleno centro, a sólo 200 metros de la afamada Torre del Reloj (Zeitglockenturm en alemán).

Fue allí donde realizó sus hallazgos, mientras trabajaba en un empleo en la Oficina de Patentes de Berna, donde se encargaban del registro de la propiedad intelectual.

Por su parte, las cebollas están asociadas a la historia de la propia ciudad a partir de un devastador incendio ocurrido en 1405. La localidad fue reconstruida gracias al trabajo, entre otros, de los agricultores de los cantones cercanos, quienes obtuvieron a cambio poder organizar una gran feria agrícola anual.

Entre la plaza de la Estacion ferroviaria y la Plaza del Palacio Federal más de 100 toneladas de cebollas de múltiples variedades y colores se ponen a la venta en la última semana de noviembre en forma de trenzas y animalitos, en medio de productos agrícolas de todo tipo. Es, sin dudas, todo un acontecimiento anual que llena de colorido el frío otoño suizo.

 

MAS ALLA DE LA RELATIVIDAD Y LAS CEBOLLAS

 

Pero Berna no está relacionada solo con la ciencia y la agricultura: su sector más antiguo es ante todo un gran museo arquitectónico medieval al aire libre al que la Unesco le otorgó la categoría de Patrimonio de la Humanidad desde 1983.

El escudo de armas o blasón heráldico de la ciudad tiene un oso en su centro pues según la leyenda el fundador la villa en el año 1191, el duque Berthold V de ZÃñhringen, cazó un oso en el lugar, lo cual sirvió para dar nombre a la incipiente aldea, pues en alemán BÃñrn=Oso.

Pero este no es el único símbolo de Berna. A través de sus seis kilómetros de avenidas se observan arcadas y pesadas columnatas, que escoltan verdaderas galerías de soportales con lujosos establecimientos comerciales, cubiertos por añejas edificaciones coronadas por tradicionales buhardillas.

Estos edificios muestran en sus fachadas los blasones y estandartes de antiguas familias en largas calles donde el medioevo está presente a cada paso y en cualquier esquina.

En Berna también llama la atención su inmaculada limpieza, al igual que el silencio, pues en la ciudad vieja el tránsito está prohibido, salvo para lo vehículos municipales de transporte colectivo, garantizado por los tranvías, los trolebuses y los ómnibus.

Esa limpieza, unida a la protección de la naturaleza y el medio ambiente son factores que han permitido incluir a la urbe de 125 mil almas entre las de mayor calidad de vida del mundo. Hoy la aglomeración ha crecido en todas direcciones y agrupa a más de 300 mil habitantes, incluyendo a poblados y villas de los cantones cercanos, como el de Fribourg.

La capital helvética está rodeada por uno de los meandros del río Aar, conocido por ser el único río del país que tiene su origen y su fin dentro del propio territorio nacional. Durante las turbulentas épocas de la Edad Media este río protegía la ciudad por tres lados contra ataques enemigos, y el cuarto lado por las murallas, ya desaparecidas.

 

UNA CIUDAD VIEJA Y BIEN CUIDADA

 

Resulta curioso el cuidado conque se conservan los inmuebles, muchos de los cuales con casi un milenio de existencia, como la Torre del Reloj, levantada originalmente en el siglo XII, a la que se le agregó un reloj astronómico para seguir los movimientos del Sol, la Luna y los planetas.

El casco histórico está adornado con fuentes y esculturas, como la del Alcabucero, lo cual le da un carácter especial a Berna, diferente al de otras ciudades suizas. La parte antigua se comunica con los demás barrios gracias a viejos puentes sostenidos por sólidos arcos de piedra.

Aunque aquí hay más de 70 embajadas y representaciones de organismos internacionales, la capital de suiza es una urbe tranquila y silenciosa, pues el ajetreo diplomático se concentra más bien en Ginebra y el de los negocios y las finanzas en Zurich.

La ciudad, situada en la región de Mitteland, en la meseta suiza, está escoltada por dos grandes macizos montañosos, el de la cordillera de Los Alpes hacia el sur y el del Jura, hacia el noroeste, a lo largo de la frontera con Francia. Como estas montañas permanecen coronadas por la nieve, lo menos que se puede decir es que incluso los veranos berneses están lejos de ser cálidos, con temperaturas de unos 15 grados como promedio.

Por lo general, quienes tienen que ir a Berna llegan allí mediante el ferrocarril, pues de costumbre deben resolver primero alguna gestión en Zurich o Ginebra.

Para ello tendrán que llegar a la moderna estación ferroviaria, una encristalada estructura inaugurada en 1974, desde la cual se puede viajar, entre carteles redactados en alemán, francés, italiano y romanche (los idiomas oficiales helvéticos) a la mayoría de los países del occidente europeo.

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