Ballet ruso regala a México viaje por danzas del mundo

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Por Martha Andrés

México, 5 nov (PL) Del baile de los kalmukos a la jota aragonesa, de la bulba bielorrusa al joropo venezolano, así de diverso fue el recorrido por la danza que el Ballet de Igor Moiséyev regaló al público mexicano.

De regreso anoche a la capital del país azteca tras más de medio siglo de ausencia, la compañía fundada en 1937 por el reconocido bailarín ruso trajo el espectáculo “Las danzas de las naciones del mundo”, una mezcla colorida y exuberante de diferentes bailes tradicionales.

Este lunes el capitalino Auditorio Nacional no precisó escenografía para que los espectadores pudieran apreciar el despliegue de talento e histrionismo con que los miembros de la agrupación defendieron las piezas creadas por Moiséyev (1906-2007) a partir de los bailes específicos de diferentes regiones.

La vistosidad de los trajes típicos, la excelencia musical, el nivel de sincronía y el grado de proximidad con la audiencia, crearon un ambiente digno de la fama de la primera compañía profesional de danza folclórica del mundo.

Cuando se abrió el telón y comenzaron los primeros movimientos de “El Verano”, el público mexicano quedó fascinado bajo el influjo de los campesinos rusos que entre muestras de picardía y lirismo dejaron escapar declaraciones de amor.

Pero ese momento de deleite calmado duró poco, pues de inmediato la aldea se conviertió en un inhóspito terreno de Asia Central donde los nómadas kalmukos se transmutaron con la naturaleza y asumieron como propios el vuelo del águila, el trotar de los caballos, la lucha de los toros.

Después el viaje fue de regreso a Rusia, esta vez a una ciudad decimonónica en la que cobraron vida personajes salidos de libros de Nikolái Gógol o Antón Chéjov, quienes mostraron sus mejores movimientos al ritmo acordeones y balalaikas.

El recorrido también tomó los caminos de Europa: se detuvo primero en la región de Besarabia, colindante con Rumania, para ofrecer la danza de un grupo de gitanos; y luego en el norte español, cuna de la jota aragonesa.

Los ritmos y bailes cruzaron a través del Atlántico, y de las estepas rusas pasaron a los llanos venezolanos, donde tiene sus predios el joropo, para continuar entonces por la pampa argentina, cuyo suelo trepidó bajo las piruetas imponentes de un trío de gauchos.

Uno de los momentos que más aplausos arrancó de los espectadores fue la interpretación del solista Oleg Chernasov, quien en un despliegue soberbio de habilidades físicas recreó la lucha entre dos niños del pueblo nanay ruso.

En tanto, el cierre estuvo impregnado del colorido y la majestuosidad de la danza ucraniana gopak, repleta de impresionantes acrobacias, para llevar al público a un fuerte estado de euforia y disfrute sensorial al compaz del baile de los 70 integrantes de la agrupación.

Había sido en 1961 la última vez que el Ballet de Ígor Moiséyev, de la mano de su propio creador, se presentó en un escenario mexicano; 52 años después la audiencia de este país recibió al conjunto artístico como si fuera el más conocido de los amigos.

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