Los dioses prefieren nacer el 25 de diciembre

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Por Moises Saab

El Cairo, 30 dic (PL) El 25 de diciembre más de mil millones de cristianos festejaron el nacimiento de Jesús, el hijo del carpintero José y María, cuyos apóstoles desafiaron al imperio romano, el más potente de su época.

Pero no fue el único, ya que ese mismo día, pero tres mil años antes, vio la luz Horus, al que se responsabiliza con iniciar la civilización egipcia, y cuya influencia, bajo el nombre de Apolo, se extendió hasta la Hélade, por más señas Grecia, allende lo que se llamaba en aquel entonces Mare Nostrum y hoy la decimos mar Mediterráneo.

La tendencia a surgir al mundo ese día fue seguida por Zoroastro, iniciador del mazdeísmo, un credo monoteísta que sigue a Ahura Mazda, un ser supremo que para más complicación es considerado un creador no creado y basa su prédica en la polarización entre los principios del bien y del mal, plasmados en su libro sagrado, el Avesta.

Los hindúes no se quedaron muy atrás y otro 25 de diciembre, hace unos cuatro mil años, dieron cuerpo a Krishna, que para mayor complicación teológica es un avatar y al mismo tiempo un “trimurti” porque dio vida a otras tres deidades, Brahma, Vishnu y Siva, quienes, como todos sabemos, no eran vegetarianos como tal, pero proscribieron la ingestión de carne de vaca.

Sea por mímesis o una simple casualidad, hace dos mil 800 años dio su primer llanto Heracles, el Hércules de los romanos, que no llegó a ser dios, pero sí un héroe, que en aquel momento era un símbolo de estatus nada despreciable.

Le seguiría dos siglos después Mitra, nacido en algún lugar de Roma, un componente fundamental de la liturgia del imperio, notorio por haber tenido 12 apóstoles y ser considerado el símbolo de la luz y la verdad, el salvador al que dedicaron un día de la semana, el domingo.

Otro 25 de diciembre, en la India, prolífica en dioses, nació Siddhartha Gautama, más conocido por el alias Buda, que, como suele ocurrir, no fue profeta en su tierra, pero arrasó con sus prédicas en el extremo Oriente, donde se le tiene por el Iluminado e inventó el Nirvana, colmo de la felicidad tras conseguir el despertar espiritual a la verdad.

Su éxito fue indiscutible, como atestiguan los cientos de millones de seguidores en todo el planeta.

Hombres o epítomes, realidad o fábula, todos dejaron una marca en la Humanidad y tuvieron mejor suerte que otros, nacidos ese día, ahora olvidados, o relegados al papel de ídolos paganos, aunque a veces sirvan de referencia.

Entre ellos Dionisio, alias Baco, sibarita y bebedor; Tamuz, dios de la floración para los babilonios y Hermes, un comerciante tan exitoso que se volvió dios.

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