Julio Antonio Mella: un cubano más allá del tiempo

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México (PL) Poco debe parecerse el México de este enero al de 85 años atrás, quizás solo en el frío, en esa temperatura que amenaza con taladrar los huesos, y en la majestuosidad permanente de numerosas construcciones.

Muchos han sido los cambios en la calle Abraham González de la Colonia Juárez, entre ellos que en el número 31, donde antes había apartamentos, ahora se encuentra un aparcamiento de camiones.

Pero a pesar del tiempo y las transformaciones, cuando el caminante se acerca a la tarja colocada en una pared de esa vía, Estela Lluvere le pregunta si anda en busca del lugar donde murió Julio Antonio Mella, el cubano, y con gran amabilidad indica que no cayó precisamente ahí, sino un poco más adelante.

Fue en el sitio en el que ahora están los camiones, señala la mexicana que trabaja en una tienda de la zona, y comienza a hablar del joven revolucionario como si lo hubiera conocido, como si todavía caminara por las calles de esta capital de la mano de la afamada fotógrafa italiana Tina Modotti.

Este 10 de enero se cumplieron 85 años del asesinato de Mella, recuerda la señora, quien asegura que en cada aniversario del hecho se reúnen tanto cubanos como mexicanos para homenajear a un hombre de trascendencia histórica.

Pero ¿quién era ese joven que al morir contaba solo 25 años de edad y, sin embargo, más de ocho décadas después sigue despertando admiración? ¿De qué madera estaba hecho para que personas de su isla o habitantes de otros países vengan en busca del sitio donde fue baleado, según afirma la propia Estela?

El hijo del dominicano Nicanor Mella y la irlandesa Cecilia McPartland nació el 25 de marzo de 1903, y aunque en ese momento quizás no hubo ninguna señal que advirtiera a los padres del futuro que le esperaba, bastarían pocos años para darse cuenta de que el pequeño tenía estrella.

Testimonios de sus contemporáneos describen a Mella como un joven poseedor del don de los líderes, de seis pies de estatura, pelo negro y ensortijado, mirada profunda y sonrisa cautivadora.

Sería la propia Modotti, con quien tuvo un romance en tierra azteca, quien legara para la posterioridad las mejores imágenes del antillano, en las cuales se percibe el atractivo y el temple del que hablaban quienes lo conocieron.

En la Universidad de La Habana, donde matriculó en 1921 las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras, Mella devino un genuino organizador político y se convirtió en guía de los estudiantes para reformar la enseñanza superior en Cuba.

Como parte de ese empeño, fundó en diciembre de 1922 la Federación Estudiantil Universitaria, y poco después, en las aulas de la Facultad de Derecho, creó la Universidad Popular “José Martí”.

De ese modo, por iniciativa del universitario, las puertas del principal centro de altos estudios de Cuba se abrieron en horario nocturno para los humildes, y en ese vínculo con los trabajadores, se convirtió también en líder de la clase obrera.

Sus pensamientos, moldeados a la forma de las causas justas, calaron en las masas por la defensa de los oprimidos y la oposición a la tiranía de Gerardo Machado, el entonces presidente cubano, cuyo Gobierno estuvo sujeto a los intereses norteamericanos.

Ante esa sumisión a Estados Unidos, el joven organizó la Liga Antimperialista y fundó el primer Partido Comunista de Cuba, el 16 de agosto de 1925.

La insolencia y el ímpetu de aquel joven, unidas a las numerosas acciones movilizadoras que llevó a cabo, despertaron la alarma de Machado, quien pretendió silenciar a Mella acusándolo de terrorista y enviándolo a la cárcel a finales de 1925.

Como protesta por su detención, el muchacho irreverente de 22 años decidió emprender una huelga de hambre, hecho que creó gran conmoción entre la ciudadanía, pero no fue visto con buenos ojos por el Partido, todavía una organización joven e inexperta, que tras la absolución le orientó marchar al exilio en México.

Su llegada a tierra azteca avivó las ideas antimperialistas y la necesidad de luchar por la justicia social: de inmediato se vio enrolado en el movimiento revolucionario continental e internacional, colaboró con diversas publicaciones y se ganó un espacio entre los comunistas mexicanos.

En 1928, en medio de esas actividades, conoció a Modotti, mujer en la que se fundían la belleza, el talento artístico, e ideales de activismo social similares a los que movían al propio Mella.

Todo parecía listo entonces para que estos dos jóvenes, igual de encendidos e inspirados, comprometidos con su tiempo, hermosos físicamente y cargados de sueños, vivieran uno de esos romances destinados a tener resortes épicos.

De la mano de la fotógrafa iba Mella la noche del 10 de enero de 1929; algunas versiones apuntan a que por el camino el joven le narraba a su pareja el encuentro sostenido un rato antes, en la cantina La India, con el cubano José Magriñat, quien le informó que de la isla venían dos matones para asesinarlo bajo las órdenes de Machado.

Luego de salir de la cantina, el revolucionario alcanzó a la artista italiana en las oficinas del telégrafo de la calle Independencia para ir hacia su hogar, en la cercana colonia Juárez.

Al doblar por la esquina de Morelos y Abraham González, alrededor de las 21:45, dos tiros de revólver alcanzaron a Mella, quien fue herido mortalmente en el abdomen, según certificación médica, y falleció en la mesa de operaciones a las 02:05 del día siguiente.

Documentos policiales refieren que, después de los disparos, el joven avanzó unos pasos y cayó al suelo: “Machado me mandó a matar”, gritó a unos transeúntes que pasaban; y luego, ya en brazos de su enamorada, pronunció las últimas palabras: “Muero por la revolución… Tina, me muero”.

Pero el asesinato de un hombre tan marcado por el ímpetu, con una historia de heroicidad y osadía, no podía estar exento de versiones e imaginarios, de explicaciones diversas, que son también una muestra de la estirpe de Mella.

De acuerdo con los investigadores cubanos Adys Cupull y Froilán González, para la opinión pública mexicana estaba claro que los homicidas fueron personas bajo las órdenes de Machado.

El 2 de octubre de 1931, la señora María Guadalupe Gil, esposa de José Agustín López Valiñas, lo denunció ante las autoridades como el asesino de Mella, y sus declaraciones implicaron a Santiago Trujillo, jefe de la Policía Secreta de Machado, al embajador cubano Guillermo Fernández, y al propio José Magriñat.

Pero eso no cesó las diversas especulaciones mal intencionadas que se dieron en torno al tema, desde una hipótesis de crimen pasional, hasta teorías internacionales que sugieren que fue un crimen orientado desde el Kremlin ruso al considerar al cubano con inclinaciones trotskistas.

Incluso, en la época hubo intentos de implicar a Modotti en una conspiración para el asesinato, pero, según señalan los propios Cupull y González, a partir de los documentos encontrados sobre el caso se probó que la fotógrafa no tuvo relación con el crimen.

De hecho, cuando a la italiana le llegó la muerte el 5 de enero de 1942 en la Ciudad de México, en su cartera se encontró una foto del muchacho antillano, el mismo de un romance de solo cuatro meses, pero que pareció acompañarla siempre.

Y es que el joven viril y dinámico, el de la entrega y los sueños de justicia, el que siguió siendo útil después de la muerte, porque sirvió de bandera, parece haberse estampado en el corazón de la artista con la misma fuerza con que lo sigue recordando la historia, más allá de los años.

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