EL MUNDO BIZARRO QUE NOS TOCÓ VIVIR

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Por Rafael Maldonado T.

Aunque en español se recomienda el término bizarro como sinónimo de valiente, generoso o esforzado, se impone crecientemente su empleo como extraño, estrafalario, extravagante, raro, inusual o excéntrico. Cine bizarro se denomina a un subgénero cinematográfico que en sus inicios era considerado de muy mala calidad, y que ahora figura en los catálogos de obras de culto, especialmente por sus ideales de transgresión social.

En este último sentido, como extravagante y hasta monstruoso, podemos calificar al sistema en que se desarrollan las sociedades de la actualidad. Pueblos y gobiernos de todo el mundo han logrado trastocar el entorno hasta los linderos de la irrealidad. México es un ejemplo doloroso de ese frenesí devastador.

En todos los ámbitos de nuestra vida podemos comprobar tal aserto. Si nos remontamos a la época de Tenochtitlán, resulta difícil entender la bizarra decisión de fundarla en un valle cerrado por montañas a casi 2500 metros de altitud, y provocar el pavoroso problema de allegarle agua potable y después de su uso drenarla hacia el mar, para que sus habitantes no mueran de sed ni ahogados en su inmundicia.

Ahora, casi setecientos años después de esa fecha legendaria, nuestros modernos tlatoanis actúan con bizarra lógica similar en todo el país. Durante el tiempo de secas construyen pueblos enteros en lechos de ríos o en los márgenes de las barrancas, y en época de lluvias muestran sorpresa por la natural destrucción y su correspondiente mortandad. Por supuesto aprovechando la generosidad popular para allegarse recursos y hacerse publicidad hasta la siguiente tragedia nacional.

Ejércitos de burócratas, técnicos y obreros despilfarran tiempo y dinero para trazar y construir calles, carreteras y autopistas que, una vez terminadas, son criminalmente tasajeadas por otra multitud para incrustar cables y tuberías, en una interminable y costosa cadena de reconstrucción cuyo resultado, inexplicable y contradictorio, es la horrible telaraña de alambres que cruza todas las ventanas de la ciudad.

Las autoridades se ufanan y publicitan bizarros engendros, como sus parques de bolsillo en pequeños baldíos y en plataformas móviles, mientras tozudamente pavimentan centímetro a centímetro los otrora frondosos parques y jardines que eran orgullo y pulmones de la capital, y con sus aberrantes “Park – es” portátiles desplazan a los automóviles de los escasos espacios para estacionar.

Los encargados de la llamada Secretaría de Educación se ocupan de modificar las leyes laborales, mientras bizarramente trasladan a los padres de familia la responsabilidad de educar.

Y bizarra es la violencia ocasionada por la bizarra guerra gubernamental contra la inseguridad. Hemos hecho un mundo al revés.

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