OTAN, un policía del mundo en busca de aliados

OTAN
Por Antonio Rondón

La Habana (PL) La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), surgida con la supuesta intención de enfrentar a la Unión Soviética, intenta convertirse en un policía global en busca de aliados, sin esconder sus propósitos hegemónicos.

Con la desaparición del campo socialista en Europa del este y la desintegración de la Unión Soviética, así como del Pacto de Varsovia, la alianza atlántica buscó nuevos propósitos para justificar su existencia que la situaron en una etapa de presencia cada vez más global a través de pactos, acuerdos bilaterales y proyectos.

Tal estrategia llevó al tratado noratlático a englobar a más de 65 países, incluidos aquellos que a primera vista en nada coinciden con los objetivos del pacto militar y poseen diferencias ideológicas con esa entidad regional.

Como afirmó el exjefe de las fuerzas armadas de la OTAN en Europa, James Stavridis, ese bloque posee unos tres millones de uniformados, cerca de 24 mil aviones y helicópteros de combate, y unas 800 unidades navales, distribuidos ahora por todo el mundo.

Los bombardeos a la Federación Yugoslava entre marzo y mayo de 1999, con el pretexto de proteger a la mayoría albanesa de Kosovo, fueron el estreno de la OTAN para su presentación como gendarme mundial, con un mandato unilateral.

Ahora el pacto noratlántico constituye una fuerza a tomar en cuenta que, como afirmó en 2005 el entonces subsecretario de Estado para Asuntos de Asia y Europa y luego embajador estadounidense ante ese órgano, Kurt Volker, posee un presupuesto anual de 300 mil millones de dólares y llega a un billón junto con el de Washington y Ottawa.

Pero en medio de esas aseguraciones, el actual secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, considera necesario incrementar los gastos bélicos de la alianza atlántica, cuando varios países europeos atemperaron sus desembolsos militares, a causa de la crisis económica de 2008.

Rasmussen habló de nuevos retos mundiales, aunque a la luz de los últimos acontecimientos en Europa, en específico en Ucrania, parecen forjarse de forma intencionada para justificar una mayor expansión y presencia en el orbe del mencionado tratado.

La alianza atlántica parece acelerar la aparición de un nuevo miembro de la OTAN, quizás el más estratégico de todos tras la desaparición de la URSS, pues, además de estar cerca de las fronteras de Rusia, colinda con gran parte de su zona occidental, con excepción de Belarús y las repúblicas exsoviéticas con costas en el mar Báltico.

LA EXPANSIÔN Los tentáculos de la alianza atlántica desde el mismo momento en que se produjo la agresión a Yugoslavia, en 1999, dejaron de limitarse al espacio de sus ahora 28 miembros permanentes para contar en estos momentos con presencia y cooperación con naciones en los seis continentes habitados de la Tierra.

En los últimos 10 años, la organización creada en abril de 1949 creció en más de un 70 por ciento al pasar de 16 miembros a los actuales 28, mientras son más de 50 las naciones que participan en diferentes programas de cooperación, desarrollo de planes conjuntos o como apoyo a operaciones del pacto.

De esa forma, en los mencionados proyectos participan al menos 67 países. Ello incluye las operaciones de desembarco aéreo en el Mediterráneo (Active Endeavor), las operaciones en el océano Índico y el mar Árabico (Ocean Shield).

Además, se puede hablar de la Asociación para la Paz, un programa surgido en 1996 y que incluye a casi todos los países de Europa del este aún sin ingresar a la organización noratlántica y a estados asiáticos.

La Asociación por la Paz englobó a casi todas las naciones del desaparecido Pacto de Varsovia (acuerdo de cooperación militar firmado en 1955 por los países del Bloque del Este, cuya disolución se formalizó en 1991) y a tres exrepúblicas de la Unión Soviética (Estonia, Lituania y Letonia).

Ahora incluye a Austria, Azerbaiyán, Armenia, Bosnia, Georgia, Irlanda, Macedonia, Ucrania, Finlandia, Montenegro, Suiza y Suecia.

En un periodo de tránsito hacia la OTAN están Azerbaiyán, Belarús, Georgia, Irak, Letonia, Lituania, Kazajstán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Rumania, Turkmenistán, Turquía, Ucrania y Estonia, entre otros, afirma el especialista Rick Rosoff, fundador de la organización internacional Stop NATO.

La OTAN desplegó bases y otras instalaciones militares en Bulgaria, Estonia, Hungría, Lituania, Polonia y Rumania, incluidos los sistemas coheteriles Standars Misiles (SM), que en su variante terrestre entran en acción en esa zona europea.

Ese tipo de misiles fabricados con la colaboración, entre otros, de la corporación estadounidense Lockheed Martin, que comparte con la Boeing la mayoría de los pedidos bélicos norteamericanos, pueden rodear a Rusia con su instalación en varios estados vecinos en poco años.

Además, para ingresar a la alianza atlántica están en cola Montenegro, Bosnia y Georgia, ésta última deseosa de resolver el asunto de su integridad territorial, después que en 2008, en respuesta a una agresión de Tiflis a Osetia del Sur, Moscú lanzó una operación para imponer la paz y reconoció a Abjasia y Osetia de Sur como repúblicas autónomas.

Por otro lado, el llamado Diálogo Mediterráneo agrupa a siete países de la zona del norte de África y Medio Oriente.

La OTAN convirtió al mar Mediterráneo en un lago interior de esa alianza y busca hacer algo similar con el mar Negro, afirma Mahdi Darius, especialista del portal canadiense de análisis político Global Research.

Así, la alianza atlántica controla el mar Rojo y el golfo de Adén, en una zona donde forma un cordón de protección con sus barcos para garantizar un estratégico movimiento de mercancías y energéticos, en medio de una operación contra acciones piratas.

La región también cuenta con otro mecanismo para permitir a la alianza atlántica la presencia permanente en esa zona, como es el caso de la Iniciativa de Cooperación de Estambul.

Otro mecanismo global de la alianza atlántica lo constituye el nexo con el Consejo de Cooperación de golfo Pérsico, integrado por Bahrein, Kuwait, Catar, Omán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

Además, en 2012 se inició el proyecto Socios globales de la OTAN, que podría incluir en la zona asiática a Malasia, Singapur y Tonga como posibles candidatos, mientras naciones como Marruecos y Jordania solicitaron entrar al programa de diálogo con la organización con sede en Bruselas.

En su momento, se realizaron negociaciones para el ingreso de Estados de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), la cual agrupa a Malasia, Singapur, Brunei, Cambodia, Indonesia, Laos, Myanmar, Filipinas, Vietnam y Tailandia.

En Asia, la red tejida por el pacto noratlántico comprende relaciones especiales con los estados del área a través de entidades como la Organización del Tratado del Centro, la Organización del Tratado del Sudeste Asiático o el Pacto de Seguridad del Pacífico (Austria, Nueva Zelanda y Estados Unidos).

Como mismo lo hace Occidente en el plano económico, la alianza atlántica también se acerca cada vez más a África.

En 2006, tras unas maniobras conjuntas en Cabo Verde, sobre la base de las fuerzas de reacción rápida de la OTAN, se formaron las Fuerzas Africanas de Reserva (ACP). Para 2009, empezó a preparar a oficiales africanos de las ACP en Oberammergau, en Alemania.

Además, Rasmussen anunció que desea establecer relaciones oficiales por separado entre la OTAN y la India y China, en un modelo similar al establecido en el Consejo Rusia-OTAN.

Sin embargo, varios de los países con los que la alianza atlántica establece disímiles tipos de cooperación mantienen diferencias con su política hegemónica y su intervención en asuntos internos de otros estados, como ocurrió en los últimos años en Afganistán, Irak o Libia.

Aunque en los últimos años se redujo la asignación militar, la alianza atlántica conserva aún el 70 por ciento del presupuesto militar global.

El coordinador del programa humanitario de la ONU para Irak, Hans von Sponeck, afirmó que además de la custodia de las fronteras europeas, la alianza se propuso nuevos objetivos como el acceso a fuentes energéticas e inmiscuirse en el movimiento de gran cantidad de personas y en los conflictos lejos de sus fronteras.

Al parecer, el siglo XXI se inicia con los insistentes propósitos de la OTAN de afianzarse como policía internacional, sin las restricciones para actuar de los cascos azules y en nombre de una “comunidad internacional” cada vez más selecta.

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