Gabo que estás en los cielos


Por Fausto Triana

La Habana, 20 abr (PL) Gabo ya no está, pero el viento sopla todavía, diría Vincent Van Gogh si tuviera vida para comprender, en su lucidez intermitente, que se nos ha ido Gabriel García Márquez, probablemente el más entrañable y querido escritor latinoamericano de todos los tiempos.
Otras plumas de largo alcance y vuelo estarían quizás a su altura, al lado o hasta por encima. Quien sabe. Empero su impronta extraordinaria e imperecedera, su espíritu controversial y supremamente humano, colocan su nombre en el pedestal de los elegidos.
Nadie que haya leído Cien años de soledad, su obra cumbre que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1982, pudo olvidar las historias de Macondo y los Buendía,  una suerte de reinvención de Aracataca, su pueblo natal de Colombia, y de toda esa inmensa y espléndida imaginería que nos hizo soñar tantas veces.
Cronista por excelencia, con una habilidad sui-géneris para contar, Gabriel José de la Concordia García Márquez se convirtió en el escritor-maestro del periodismo hispanoamericano, en autor imprescindible devoto del cine y figura inconmensurable en el universo progresista de América Latina y el Caribe.
Después de Cien años de soledad, algunos pensaron que sería casi imposible para el Gabo superarse a sí mismo. Sin embargo, tantas obras indispensables llenaron las librerías de otras joyas de este genio de la escritura, capaz de transitar con increíble tesitura por el pentagrama de letras de apariencia divergentes.
“Es la mayor revelación en lengua española desde el Don Quijote de Cervantes”, dijo Pablo Neruda de Cien años de soledad.
Reeditada su obra cumbre en 2007 por la Real Academia de la Lengua Española y la Asociación de Academias de la Lengua de España, por considerarla parte de los grandes clásicos de la literatura hispana, nunca se permitió regodearse en la gloria. Hombre sencillo, de frases cortantes y reflexiones inteligentes, tampoco se mostraba mucho en público y a ratos marcaba los tiempos con largas ausencias de auto asilo.
Así nos llegaron La mala hora; Chile, el golpe y los gringos; El otoño del patriarca; Crónica de una muerte anunciada; Viva Sandino; El amor en los tiempos del cólera; La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile; El general en su laberinto; Del amor y otros demonios; Noticia de un secuestro; Vivir para contarla; y Memoria de mis putas tristes, por mencionar algunos de sus legados en distintas cuerdas.
-Prensa Latina, la maestría y el cine (subtítulo)
Corresponsal de Prensa Latina en Nueva York en la década de 1960, no tuvo remilgos en reiterar que perdió su puesto en un momento crítico de su carrera y de su vida, pero a partir de entonces se vinculó con Cuba y mantuvo una larga y entrañable amistad con el líder de la Revolución Fidel Castro e hizo innumerables aportes a la Escuela Latinoamericana de Cine de San Antonio de los Baños, en La Habana.
De su maestría hay dos pasajes que prefiero recordar como los más impresionantes de su trayectoria, al margen del firmamento alcanzado por Cien años de soledad.
Su culto al amor, expresado de mil maneras en su obra. “La mejor forma de llevar la convivencia con la mujer es evitar volver sobre las discusiones. Si se discute, al día siguiente hay que seguir la vida como si nada hubiese ocurrido”, dijo en una ocasión cuando le preguntaron sobre su estabilidad matrimonial.
El amor en los tiempos del cólera sirvió de guión para varias películas y en general sus libros, de muy difícil adaptación para el cine, fascinan a los realizadores. Entre Juvenal Urbino, Fermina Daza y  Florentino Ariza, ofrece cofres del realismo mágico y meditaciones profundas acerca del declive, la pasión, los sueños y el azar.
Luego, una clase magistral del periodismo en Noticia de un secuestro, de Pablo Escobar con el tenebroso Cartel de Medellín, y las argucias de un pintor de las letras que transformó la realidad en un clásico vibrante del reportaje.
Para cerrar, antes del fin al decir de Ernesto Sábato, el Gabo retoza con una agradable y disparatada autobiografía en Como me lo contaron, en la cual nunca se sabe si se dejó entrampar por la ficción o si su propia vida estaba íntimamente ligada a Macondo.
Murió a los 87 años de edad en su residencia de México, el colombiano más célebre de la historia. Aquí le regalamos una lágrima.
Está en los cielos, no lo duden.

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