Colombia despide a Gabo

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Por Anubis Galardy

Bogotá, 22 abr (PL) En la Catedral Primada, donde dos mil rosas amarillas prestaban un resplandor extra a la ceremonia solemne que cobijaría, Colombia inició hoy su adiós al Gabo, una reverencia postrera, un simbólico reencuentro.
Su largo adiós se prolongará hasta mediados de mayo en una sucesión de tributos y homenajes, de lecturas masivas de sus libros en bibliotecas, plazas y parques públicos, la manera en que los escritores quieren ser perpetuados en la memoria y el imaginario colectivos.
Esa zona en que los personajes de carne y hueso, transfigurados por la literatura, recobran su identidad humana y vuelven a la vida de todos los días.
El Requiem de Mozart, interpretado por la Orquesta Sinfónica Nacional y las voces privilegiadas de la Coral Santa Cecilia, emergió como una catedral sonora dentro de la edificación que la albergaba, majestuosa, solemne.
Mozart, uno de los compositores favoritos del Nobel, aliado inseparable en su doble devoción a la música y la literatura.
Tras las palabras del presidente colombiano Juan Manuel Santos, un manojo de mariposas amarillas fueron dispersadas a las puertas de la Catedral, mientras un frase surcaba el aire: “Vuela libre, Gabo”.
En las afueras, en la Plaza de Bolívar, que lleva el nombre de uno de las figuras tutelares de América Latina -el de ese patriarca cuyo otoño inmortalizó en una de sus novelas ejemplares-, el conjunto de Nadín López trajo de la mano los vallenatos.
La casa en el aire, La patillalera y La creciente del Cesar, de su entrañable amigo Rafael Escalona, y La diosa coronada, de Leandro Díaz inundaron con su aroma el paisaje bogotano.
En la caja percutora, el artífice Pablo López, el mismo que acompañó a Gabo cuando en 1982 viajó a Suecia a recibir el Nobel  y el Caribe irrumpió, con su ritmo ardiente, en los predios austeros de la Academia. El invierno quedaba fuera. Dentro florecía el trópico.
Mientras llovía a cántaros en Bogotá, como en Macondo, la parranda vallenatera irrumpía en todo esplendor en la Plaza Bolívar. García Márquez alentaba en ella, más presente que nunca.

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