De Neza York a New York escribe: Arthur Gatti

Arthur Gatti, recipient of a CUNY-wide poetry award while at Queens College (The Dwight Durling Award for a Manuscript of Poetry), has been published in small magazines and cyber pubs, ran a poetry and short fiction workshop at WestBeth artists’ housing for two years, and had a column for several months in the WestView News, a local full-color newspaper in Greenwich Village, entitled “Misadventures in Poetry.” He studied under and consorted with accomplished poets, corresponded with Robert Bly for two years and currently writes for a local small magazine called And Then. He has recently become involved with several local poetry groups and has read at the Cornelia Street Café. In 1964, he helped construct the school Emperador Cuauhtémoc in the barrio of Pedro Martín oustide of Taxco, Guerrero, in Mexico.

Arthur Gatti, quien recibió un premio de poesía CUNY cuando es- tudiaba en el Queens College (Premio Dwight Durling para un manuscrito de Poesía), ha sido publicado en pequeñas revistas y pubs cibernéticos; dirigió por dos años un taller de poesía y cuento en la vivienda para artistas Westbeth, y escribió por varios meses una columna para el WestView News, periódico local a todo color de Greenwich Village, titulada “Misadventures in Poetry.”
Ha estudiado y confraternizado con poetas consumados, mantuvo correspondencia con Robert Bly durante dos años y actualmente escribe para una revista local llamada And Then. Ha estado recientemente involucrado con varios grupos locales de poesía y ha leído su obra en el Cornelia Street Café. En 1964 ayudó a construir la escuela Emperador Cuauhtémoc en el barrio de Pedro Martín,
en las afueras de Taxco, Gro.

AtthurGati

ARCHIE

 

They killed Archie.

 

I never said they could,

but who am I anyway?

No longer a reader of Archie Comics;

not a pal of Jughead’s,

nor a foe of Reggie’s.

 

I’ve had my Betty and Veronica moments,

lived through decades with each,

one at a time.

Friendly divorces too.

 

Thank God no kids! How could I explain to them

being in high school for 57 years?

 

I guess it was about time to say it:

“Goodbye, Archie.”

(I thought you were dead anyway.)

 

 

ARCHIE

 

Mataron a Archie.

 

Nunca dije que pudieran,

pero, ¿quién soy yo de todos modos?

Ya no soy un lector de Archie;

ni amigo de Torombolo,

ni enemigo de Carlos.

 

He tenido mis momentos de Betty y Verónica,

vividos a través de décadas con cada una,

una a la vez.

Divorcios amistosos también.

 

¡Gracias a Dios sin niños! ¿Cómo podría explicarles a ellos

estar en la secundaria por 57 años?

 

Supongo que ya era hora de decirlo:

“Adiós, Archie.”

(Pensé que estabas muerto de todos modos.)

 

 

PUEDEN HACERLO, LES DIJE

 

Me paré en el plato del home

cuando Jeff Hardy estaba cocinando en el montículo,

lanzando strikes con bolas de humo de softball,

pero nunca me senté ante un plato de su comida,

y ciertamente nunca le aconsejé que tomara ese trabajo de jefe de cocina,

ese mes,

en el octogésimo primer piso.

 

Años antes de que ella cambiara su nombre,

mis ojos casados codiciaban a Debbie Jacobs,

aunque nunca actué, permaneciendo fiel a mis votos.

Pero tampoco le dije nunca que se pusiera

el uniforme de United Airlines,

o que subiera al Vuelo 93,

o que la degollaran peleando por las vidas de sus pasajeros.

 

Pero yo tomé ese trabajo en la ciudad en el noventa y cinco, examinando a muchachos jóvenes

que fueron criados jugando con enormes camiones rojos de juguete,

esforzándose ahora por ser bomberos de verdad.

Reprobé a los que no eran aptos – algunos de los que se llevaron en camillas –

y aprobé a los sudorosos y alegres sobrevivientes del riguroso examen,

les ayudé a salir del pesado atuendo que llevaron puesto en su media hora de infierno.

 

A todos ellos, aprobados o reprobados, les había dicho “¡Pueden hacerlo!”

 

Examiné a trescientos – y dos tercios reprobaron;

pero a aquellos que continuaron el entrenamiento

esperando graduarse de la academia

les dije: “¡Pueden hacerlo!”

Y lo hicieron.

 

Fueron un orgullo que tomé personalmente,

que albergué como si ellos fueran yo –

sin adivinar nunca cuál sería su llamado final.

 

Si de algo puedo estar satisfecho, es que yo ignoraba las normas

cuando el examen llegaba a su fin,

y escribía de ello, – no sólo en las hojas de evaluación –

y tomaba notas personales, como biografías demasiado breves

de los hombres victoriosos en chalecos de cincuenta libras,

vertidas de mi pluma.

 

El 12 de septiembre de 2001, me encontré estas notas de hacía seis años:

 

26 de enero de 1995:

William Johnston calificó 100%

William tiene en general mi talla:

seis pies, ciento ochenta libras.

A su cabeza de pelo castaño le ha dado un corte de tazón

y estaba usando un arete en su oreja izquierda;

 

2 de febrero de 1995: – mi último día como Examinador Especial, Acondicionamiento Físico de Bomberos:

Adam David Rand calificó 100% Adam instala baldosas por estos días.

Está aquí para una prueba reprogramada, debido a equipo defectuoso la primera vez.

Tiene cerca de cinco pies-cinco pulgadas, ciento cincuenta libras.

Uno de los más fuertes y mejores hasta ahora

 

El nueve-once, William Johnston estaba con la máquina 6, de Manhattan,

y Adam Rand vino a morir con el escuadrón 288 de Queens.

“Pueden hacerlo,” les dije.

 

 

 

 

YOU CAN DO IT, I SAID TO THEM

 

I stood at home plate

when Jeff Hardy was cooking on the mound,

serving up smokin’ softball strikes,

but I never sat before a plate of his food,

and I certainly never advised him to take that head chef job,

that month,

up on the eighty-first floor.

 

Years before she changed her name,

my married eyes lusted after Debbie Jacobs,

yet I never acted, staying true to my vows.

But neither did I ever tell her to put on

the United Airlines garb,

or to get on Flight 93,

or to get her throat cut fighting for the lives of her passengers.

 

But I did take that city job in ninety-five, testing young guys

who’d been raised playing with long, red toy trucks,

now striving to be real firemen.

I failed the ones not up to it – some who were carried out on stretchers –

and I passed the sweaty and joyous survivors of the ordeal,

helped them out of the heavy gear they wore in their half hour of hell.

 

To all of them, pass or fail, I had said “You can do it!”

 

I tested three hundred – and two thirds failed;

but to those who went on to training

hoping to graduate from the academy

I said “You can do it!”

And they did.

 

They were a pride that I took personally,

that I harbored as though they were me –

never guessing what their final calling would be.

 

If I can be glad of anything, it’s that I ignored the rules

as the test was ending,

and wrote about it – not just on the rating sheets –

and took personal notes, as all-too-brief biographies

of the victorious men in the fifty-pound vests

spilled from my pen.

 

On September 12th, 2001, I found these six-year-old notes:

 

January 26th, 1995:

William Johnston scored 100%

Williams got my general build:

six feet, a hundred and eighty pounds.

His head of chestnut hair has been given a bowl cut

and he was wearing an earring in his left ear;

 

February 2, 1995: – my last day as Special Examiner, Firefighter Physical:

Adam David Rand scored 100% Adam installs tile these days.

He is here for a rescheduled test, due to faulty equipment the first time.

Hes about five-five, a hundred and fifty pounds.

One of the strongest and best so far

 

On nine-eleven, William Johnston was with Engine 6, Manhattan,

and Adam Rand came to die with squad 288 from Queens.

“You can do it,” I told them.

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