Roma y sus puentes sobre el río Tíber

Por Frank González

Roma, (Prensa Latina) La historia de las civilizaciones está asociada a grandes ríos en los cuales sus primeros pobladores encontraron agua para el consumo humano y la agricultura, además de una vía de comunicación para el desarrollo del comercio.

Entre el Tigris y el Éufrates surgió Mesopotamia, en torno al Nilo creció Egipto, el Amarillo y el Indo fueron decisivos en la formación de China y la India, respectivamente, en tanto a pocos kilómetros de la margen oriental del Tíber nació Roma, en el 753 antes de nuestra era.

Al margen del protagonismo atribuido por la leyenda a Rómulo y Remo en el origen de la Ciudad Eterna, su fundación no fue un hecho fortuito ni aislado, sino el resultado de un largo proceso de aproximación y convergencia entre asentamientos humanos, el cual tuvo en el río un referente insoslayable.

Con 405 kilómetros de largo, una cuenca hidrográfica de 17 mil 375 kilómetros cuadrados y un caudal promedio anual de 240 metros por segundos, este nervio fluvial venerado por los romanos de todas las épocas, es el tercero en extensión del país, después del Po, con 652  y el Adige, 410.

El Tíber nace en el monte Fumaiolo, en la cadena de los Apeninos, entre las regiones Emilia Romaña y Toscana, desde donde penetra en Umbría y Lacio, alimentado por sus afluentes Chiascio, Nestore, Paglia, Nera y Aniene, hasta la desembocadura en el mar Tirreno próximo a la localidad capitalina de Ostia.

Por sus características y ubicación geográfica, ese lugar devino la entrada principal para el suministro de mercancías a Roma, con un período de auge entre el final de la República y el inicio del Imperio, entre los siglos I a.n.e. y el I de la actual, cuando Claudio aprobó la construcción de un puerto marítimo en el año 42.

Más al norte, fue un factor determinante en el crecimiento urbano de Roma como nodo comercial, especialmente en el sector conocido como el Foro Boarioo Foro de los Bueyes, erigido las inmediaciones del vado formado a la altura de una pequeña isla, cuya ubicación facilitaba el cruce de la arteria fluvial.

La isla Tiberina, como se conoce hoy a la única formación insular del Tíber en el entorno urbano capitalino, abarca un territorio de 0,18 kilómetros cuadrados y está enlazada con el resto de la ciudad a través de los puentes Cestio, del lado oriental, y Fabricio, del occidental.

LOS PUENTES DE ROMA

La comunicación con la ribera occidental del Tíber impuso la aparición de puentes, hechos al principio de madera para facilitar su desmonte ante la eventual amenaza de fuerzas enemigas como sucedió con el primero, Sublicio, construido por orden del rey Anco Marzio (642-617 a.n.e.).

Una vez arrebatados a los etruscos los territorios situados más allá de la ribera oeste de la vía fluvial, comenzó la construcción de los puentes de piedra con el Emilio, en el 241 a.n.e., reconstruido en el 179, 142 y en el 12 de nuestra era, por Augusto.

Erigido un poco más al norte del Sublicio, el puente Emilio sufrió el embate reiterado de crecidas del río, tras las cuales fue restaurado, hasta la destrucción de tres de sus seis arcadas en 1598, momento a partir del cual resultó conocido también como Puente Roto.

Con la colocación de una pasarela metálica en la segunda mitad del siglo XIX, se reconectó la estructura pétrea aún en pie con el lado occidental de la ciudad, solución desechada posteriormente con la modernización del área.

Esos trabajos implicaron el desmonte de la pasarela y la destrucción de dos de las tres arcadas construidas en el siglo XVI sobre los pilares originales del II a.n.e., con lo cual quedó sólo una en pie, hasta hoy.

Después vinieron Milvio, Fabricio, Cestio, Agripa, Neroniano o Triunfal, Elio y Probo seguidos por tres durante el período del Estado Pontificio -Sisto, de los Fiorentinos y de la Industria- y otros 26, a partir de la unidad nacional a mediados del siglo XIX, para un total de 37 activos, sin contar otros seis sobre el río Aniene.

Los puentes sobre el Tíber junto con las murallas, puertas, palacios, plazas, fuentes, obeliscos, iglesias, estatuas, monumentos y restos arqueológicos, conforman una parte importante del patrimonio histórico, arquitectónico, artístico y cultural de la capital italiana.

Algunos, como el puente Milvio, evocan hitos históricos como la batalla del 28 de octubre del 312 entre los emperadores Constantino I y Majencio, con la cual concluyó el período de la tetrarquía.

Cuenta la leyenda que durante el combate, Constantino vio aparecer en el cielo la imagen de una cruz con la frase “por este signo vencerás”, hecho al cual se atribuyó su decisión de decretar, un año después, la libertad religiosa en el imperio mediante el Edicto de Milán, el cual benefició principalmente a los cristianos.

Otros se destacan por sus valores artísticos como el San Ángel, en el cual sobresalen las 10 estatuas diseñadas por Gian Lorenzo Bernini y esculpidas por alumnos suyos, por encargo del papa Clemente IX, en 1669.

Construida en el año 134 por el emperador Adriano para facilitar el acceso al mausoleo en el cual fue sepultado dos años después, la estructura reservada al tránsito peatonal comunica el distrito Ponte, del lado este del río, con el de Borgo, en el oeste.

Sobre pedestales situados a ambos lados del extremo oriental del puente hay sendas estatuas de San Pedro y San Pablo, colocadas allí por el pontífice Clemente VII, en 1535.

A continuación están las de los ángeles de Bernini, en dos hileras de cinco, portando cada uno objetos que simbolizan la pasión de Jesucristo: el látigo, la corona de espinas, la túnica con los dados, el título INRI y la esponja, a la izquierda; y la columna, el velo, los clavos, la cruz y la lanza, a la derecha.

Al fondo, el castillo San Ángel coronado por una estatua del arcángel Miguel envainando la espada en gesto triunfador sobre la peste que asolaba Roma, imagen que según el papa Gregorio I se le apareció, en el año 590, para anunciarle el fin de la epidemia.   Debajo del puente fluye indetenible el Tíber, con su torrente de aguas mansas como hace casi tres mil años, cuando sedujo con sus encantos y bondades a los primeros pobladores de Roma.

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