Desafío

RAFA LORET
Por: Rafael Loret de Mola

*Necesario Reciclaje

*Ciudades “Inseguras”

*Recuerdo Fronterizo

 

Una vez, dolosamente, la Secretaría de la Defensa Nacional, bajo el gobierno del ahora extinto Miguel de la Madrid –acaso el entreguista mayor de nuestra larga historia de saqueos e impunidad-, me invitó a observar, desde tribunas, la “quema” de varias toneladas de cocaína incautada, Era una montaña de paquetes que rociaban el polvo blanco como si se tratara de escarcha. Insistieron, entonces, que se trataba de la mayor incautación, hasta ese momento, de la droga extirpada a la medicinal “coca” sudamericana tan defendida en Bolivia y Perú como tal; y refinada en Colombia como estupefaciente.

Antes del evento principal, la incineración claro que formó una densa nube de humo negro sobre el Campo Marte ante la mirada feliz del presidente de la República, forjado en la idea de que había de dar preeminencia a la economía sobre la política que legó en manos del execrable y ahora tránsfuga manuel bartlett –minúsculas, como el que más lo merece por represor y asesino-, un numeroso grupo de mujeres y ancianos, deudos de quienes habían caído en combates contra los carteles durante el primer “boom” de los mismos, se acercaron al mandatario… para saludarlo y recibir una constancia del cumplimiento del deber por cada uno de los difuntos; cada nombre duró unos segundos en pronunciarse y fue todo. El demagogo principal, entonces, ofreció que velaría por ellos y, cuando menos, tendrían techo seguro y pensiones académicas para sus hijos. Nada de esto se cumplió y los soldados siguen enfrentando la metralla de los mejor pertrechados sicarios del narcotráfico en desventaja cruel. Pero eso, claro, no se dice en plena eclosión de simulaciones.

Por ello, desde 1986 cuando ocurrió el suceso referido, este columnista estima que la crítica es verdadero contrapeso a los abusos del poder aunque pocas veces se reconozca el origen de algunas rectificaciones oficiales y de tomas de decisiones más acordes con los propósitos comunitarios; por lo general, desgraciadamente, los señalamientos son motivos de rencor infinito para las partes señaladas y sin argumentos para mantener un debate serio sino más bien con refugios suficientes ara eludirlo con la complacencia de sus socios en condición de funcionarios públicos, desde sus amigos del alma hasta los cómplices financieros de muy alto rango cuando se habla de la “cúpula del poder”.

Hace poco más de una semana, las distorsiones sobre la manifestación conmemorativa del 2 de Octubre –que me niego a olvidar como algunos quisieran con intención éstos de manipular la historia-, me exaltaron. Lo digo con la autoridad moral que me concede una larga trayectoria como periodista independiente sin que jamás haya sido desmentido de manera pública; sólo he sabido de algunas descalificaciones superficiales y bastante inicuas en tertulias con elementos del mismo signo y seña. Me molestó especialmente que no se dijera la verdad en algún cotidiano en el que, confieso, he solicitado espacio para publicar este trabajo casi segregado de los mal llamados medios nacionales.

Contra lo que suele exponerse, en esta ocasión no fueron los odiosos “granaderos”, a quienes recuerdo con repulsa cuando mi mente vuela hacia 1968, ni el ejército, a quien señalo como responsable directo del asesinato de mi padre tras el cruce por el “retén” de El Güirindalito, en la sierra guerrerense, cercano a Ciudad Altamirano –antes llamada Pungarabato-, donde fue maltratado brutalmente según testimonio de testigos, hasta ahora bajo confidencialidad, que percibieron la escena y luego se enteraron de la versión oficial. No me simpatizan algunos mandos militares y, sin embargo, tengo amistad con no pocos generales de cuyo patriotismo y lealtad no dudo; prefiero no mencionarlos por temor a que, si lo hago, sean motivo de persecución y cárcel… como ya ha sucedido, por desgracia.

Dicho esto, es inadmisible que se insista en la supuesta “represión” policíaca del 2 de octubre –a la que asistieron no pocos de los perseguidos injustamente hace 45 años-, mezclados con los disidentes de la CNTE, ávidos de reflectores y multitudes, entre quienes, se dice, se “infiltraon” unas decenas de jóvenes, quienes se dicen llamar “los anarquistas” acaso en recuerdo de la CNT –sólo sin la “e”-, de filiación española y con esta ideología. Veamos algunos hechos irrefutables:

· La lista de heridos, treinta y siete, sólo incluyó a elementos del cuerpo de “granaderos” cuya extinción se pide desde hace más de cuatro décadas. En todas las ciudades en donde las protestas suelen salirse de cauce –un riesgo latente, siempre-, existen elementos represivos oficiales que, supuestamente, defienden los derechos de tercero, esto es de la ciudadanía que no profesa la causa de los marchistas o desean no ser molestados. Si bien es cierto que el término, “granaderos”, subleva y nos obliga a apretar los puños, también lo es que debió haberse sustituido por otro para zanjar los rezagos de la crónica nacional. Sin embargo, hasta la fecha, y ya pasaron diez meses y diez días de la asunción de Peña Nieto, la propuesta sobre una “Gendarmería Nacional” sigue dormida en los anaqueles del Congreso; y mientras, el encargado de formar esta corporación, Manuel Mondragón y Kalb, civil y no militar ni genízaro, se mantienen como subsecretario a las órdenes del titular de Gobernación, el hombre del oleaje –porque va meciéndose, de un lado a otro, por los puestos públicos sin definición exacta de intenciones y lealtades-, Miguel Ángel Osorio Chong, como si se hubiera resucitado a la nefasta Dirección Federal de Seguridad, que encabezó el ya excarcelado José Antonio Zorrilla Pérez, desde donde se fraguaron algunos de los episodios más siniestros, desde el asesinato de periodistas –Carlos Loret de Mola, Manuel Buendía, Héctor “El Gato” Félix Miranda, entre otros-, hasta los genocidios de 1968 y el Jueves de Corpus de 1971 –allí estuve, como estudiante de mi alma máter, la UNAM-, por instrucciones DIRECTAS de los mandatarios en cada uno de esos instantes de oprobio.

· Los diecisiete jovenzuelos detenidos, por haber causado los incidentes, usando bombas “Molotov”, piedras, palos, trinchetes, picos, cohetones –todo un arsenal dispuesto para el vandalismo-, fueron exonerados por la autoridad judicial acaso para favorecer así que los del “plantón” urbano se calmaran tras los incidentes contra comercios robados o afectados por pedradas y graffitis. Esto, por supuesto, nos coloca al filo d lo que estos muchachos, mal orientados, buscan: la anarquía, la peor de las condiciones imaginables porque nos lleva al abismo de la ingobernabilidad, primero, y del estado fallido, apuesta de los gigantes del norte para solventar “moralmente” sus propósitos de ingerencia sobre nuestro suelo, después. ¿A quiénes sirve este último modelo? Sólo a las grandes multinacionales contagiadas por la espesura de un sistema que hace gigantes de la macroeconomía en un país empobrecido cada día más.

· La ciudadanía está inerme, asombrada, con el dolor sobre el pecho. Algunos recuerdan y tienden a hacer acusaciones banales; otros, se contienen pensando en cuanto puede ocurrir si los incidentes callejeros suben de tono. La realidad es que la distorsión es enorme. Mires ustedes: es obvio que, en 1968, el PRI estaba en el gobierno bajo las órdenes de un mandatario emanado del mismo cuyo nombre prefiero omitir. También lo estaba en 1988 cuando se consumó la usurpación de salinas –minúsculas-; y en 1994 cuando la barbarie arrasó a su propio candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio. Pero en esta ocasión, si se culpa a los “granaderos” no puede imputarse al PRI la supuesta represión –que fue, más bien en defensa propia-, pues la corporación depende del gobierno de la ciudad, perredista desde 1997, hace ya dieciséis años cuando obtuvo la jefatura el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas desterrando, para siempre, el término de “regencia”, una adulteración severa del lenguaje.

Hasta ahora, los respectivos gobiernos del PRD en el Distrito Federal, toleraron y aún alentaron las manifestaciones como signo de avance democrático. Y no dudo que así lo fuera siempre y cuando no alteraran los propósitos y vidas de terceros, encajonados, como rehenes, en la ciudad donde trabajan, pero repeliendo los olores facciosos, sectarios, que tienden sólo a ver paja en el ojo ajeno. Tampoco dudo de que, sobre todo el pasado 2 de octubre, cientos de jóvenes limpios, vigorosos y con una gran fuerza interior, desfilaron para evitar perder la conciencia y la memoria del colectivo. Por ello no puede, ni debe generalizarse.

Insisto: es necesario hacer diferencias y resolver un dilema que una policía seria ya hubiera cerrado: ¿quiénes alientan a “los anarquistas” vándalos? Si se deslinda de ellos los dirigentes de la CNTE, los consejeros de Morena y demás grupos que se manifiestan a cada rato, ¿de dónde proceden y quiénes los mueven? Cuando esta respuesta sea respondida, entonces podremos concluir que el gobierno tiene o no las manos fuera; y establecer, por consiguiente, las responsabilidades respectivas.

 

Debate

Por una parte, se alega que el sesenta y ocho por ciento de los mexicanos considera “inseguras” a nuestras ciudades; por la otra, los oficialistas alegan –incluyendo los del PRD metropolitanos afines a Miguel Ángel Mancera Espinosa sin filiación partidista aún-, que ciudades “como Londres, Roma y Madrid”, entre otras –es curioso que excluyan a las estadounidenses-, tienen más manifestaciones y marchas, que confluyen hacia acciones contra la seguridad urbana, que la capital de nuestro país. Sólo, dicen, que a nosotros nos encanta descalificarnos. ¿Será?

La realidad es que, como en 1968 por desgracia, la beligerancia callejera está subiendo de tono. De alguna manera, el “Cuarto Reich”, comandado por Ángela Merkel, canciller de Alemania, ha elevado los puntos de irritabilidad considerando que los movimientos financieros son más importantes que la existencia de millones de personas a quienes irremisiblemente condena; si ayer fueron los campos de concentración, hoy los bancos rocían el gas de la extinción hasta grados insoportables. Los resultados son horriblemente parecidos, con gran parte de la población mundial en alerta y con la crispación galopante. No somos los únicos, por desgracia.

En México, es natural que alcemos las manos contra un gobierno de inútiles, tan zánganos como los asalariados Borbones de España, cuyos principales cobran hasta seguros de riesgo –como el presidente Peña y antes calderón-, que no ofrecen resultados sino actúan por miedo, inoperantes por ausencia de coordinación básica –por ello prefieren culpar a los mandatarios estatales por la negligencia sobre los avisos de emergencia cuando en la ciudad de México nadie se movilizó a tiempo-, y por torpeza institucional nacida, otra vez, por los usos facciosos del poder. Entre camarillas enfrentadas es imposible construir la senda de la democracia.

 

La Anécdota

¿Inseguras sólo las ciudades mexicanas? En 2005, cuando arreciaban en el mundo entero los señalamientos hacia Ciudad Juárez por los llamados feminicidios, la entonces coordinadora para conocer de éstos desde su cubículo en la Secretaría de Gobernación, Guadalupe Morfín Otero, me dijo, textualmente, en medio de una gripa que le era insoportable pero acaso le hizo hablar con rapidez para librarse del entrevistador:

· Tenemos informes de que setecientos cincuenta y seis agresores sexuales viviendo en El Paso –conurbación de la urbe mexicana-, fueron traslados allí desde diversas prisiones de los Estados Unidos para ser “redimidos”. Es que allí, dicen, la vida es más barata.

· Para las enciclopedias, digo.

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