Solo ellos tienen capacidad

Guillermo Robles Ramírez
Por Guillermo Robles Ramírez

Ante los ojos del hombre moderno, los humanos hacen decenas de miles de años eran considerados como animales salvajes. Desde la existencia de nuestros antepasados en búsqueda de comida vagaban por la tierra y se juntaban en la noche para conseguir seguridad.

El parte aguas en donde el ser humano deja de ser considerado como un animal salvaje fue con el nacimiento de la agricultura, llevando éste al mismo tiempo con la domesticación no solo de las plantas, sino también el de los animales como una herramienta de trabajo.

Pero de todos los animales adiestrables, quizás es el caballo es el que logra avanzar a tal nivel, convirtiéndose en un complemento o extensión de su jinete. No se le domestica como a una mascota, cualquiera como un perro que le enseñas comando en inglés u cualquier otro idioma para que obedezca con palabras cortas como “seat” (sentarse), “heel” el perro camina a un lado y falta alguna otra gracia natural de la misma mascota como el rascarle la panza para que se eche.

El caballo hace cosas mejores que cualquier otra mascota como es el curar a los niños, amansa al toro en las corridas, saca aplausos en el circo, gana el derbi, es decir, la competencia hípica; también cuida el ganado y transporta al ser humano o como palanca de fuerza, es decir, un animal auxiliar para desempeñar la labor del hombre.

Es por eso que el caballo es sinónimo de nobleza, porque se da a sí mismo, sirve sin ser servil, su porte es envidiable como su belleza, tiene majestad.

Para ejemplificar una perspectiva más amplia en torno al medio ambiente animal en el que vivimos, es muy común que los citadinos, es decir, los que vivimos en la ciudad, estamos acostumbrados a convivir con la fauna urbana, que en su mejor rostro tiene a los perros y gatos domésticos, pero repetidas veces nos cruzamos con los callejeros sin ni siquiera notar que están ahí. A pocas personas se afligen o se les arruga el corazón cuando conducen su auto y ven a un animal atropellado en medio del periférico.

En la ciudad también hay aves. En las alamedas los pájaros chileros y a veces cotorras y otras variedades que por lo común se hospedan en las copas de los árboles sólo de paso en el otoño. En las plazas las palomas son las favoritas. El resto de los animales ya se consideran como nocivos a nuestro ideal de vida.

En el campo la variedad es infinita, según el entorno. En Coahuila el semi desierto hospeda coyotes, correcaminos, perritos llaneros, víboras, roedores, etc. Ninguno de todos los antes citados son domesticables, mucho menos adiestrables, al menos no por cultura.

Nuestro medio ambiente nos da la posibilidad de convivir con gran cantidad de seres vivos cada día, en cada lugar, pero no ha sido cosa nuestra mimetizarnos al ambiente y sentirnos parte de él, sino que nos obstinamos en señorear y modificar el entorno de acuerdo nuestras necesidades.

El crecimiento de la población, obviamente va a la par de la modernidad encontrándonos con el piso de asfalto, carreteras por donde quiera. La montaña donde está la piedra se hace cada vez más chica, merced a la extracción de sus materiales con los que hacemos nuestras casas y negocios. Las plantas que crecen solas las llamamos “maleza” y sólo las que plantamos en nuestro jardines o bulevares son las aceptadas.

El caballo, como lo mencioné al principio, sabe darse, sabe aprender de nosotros y nos acepta para convivir a nuestro servicio y, sin embargo, señorea con elegancia y carisma. Nos asombra, persuade y hechiza su encanto natural. El caballo es especial.

Bajo esta óptica, hay veces que me pregunto si las personas podremos algún día tener la capacidad de entender mejor el entorno y diseñar nuestro estilo de vida respetando a los otros seres vivientes, en lugar de arrebatarles su hábitat sólo porque podemos y no estamos dispuestos a compartir o solamente los caballos tienen esa capacidad. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013) www.intersip.org

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