“Al escribir no hacemos otra cosa que tratar de cubrir el vacío que deja la finitud de los libros de nuestros escritores preferidos”

nuestros escritores preferidos
En la obra de Franco Félix cabe lo absurdo, lo irreal, lo grotesco, lo deforme, lo inverosímil, el humor, una prosa cargada de datos curiosos; relatos desopilantes que hacen de este autor una voz singular en la narrativa mexicana

Por Ana León

El escritor mexicano Franco Félix nació en el norte del país, en Hermosillo, Sonora, una ciudad que llega a alcanzar los 56 grados centígrados en verano. Ahí, en ese pequeño infierno climático ha escrito la mayor parte de sus textos sino es que todos: las dos crónicas que componen Kafka en traje de baño (2015), la novela Los gatos de Schrödinger (2015), el libro de relatos Mil monos muertos (2017) –que forma parte de la Colección Extra(e)ditados de la BUAP (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla)–, la novela Maten a Darwin que será publicada próximamente por el sello alternativo de Random House Mondadori, Caballo de Troya; y la novela, Los amos del universo, aún sin fecha de publicación. A propósito de Mil monos muertos, charlamos con este autor de imaginación desopilante.

¿Desde qué lugar escribes, es decir, desde esa Ciudad Limítrofe (¿acaso Hermosillo?) que es un personaje en tus relatos en Mil monos muertos, pero también en la novela Los gatos de Schrödinger, o desde un espacio sin geografía precisa?

Mi Ciudad Limítrofe es como el inasible Springfield de Los Simpsons. Justamente, no tienen una geografía específica. También es como una ciudad que flota o que está rodeada por oscuridad como en esos juegos de computadora de los noventas, Age of Empires, que sólo están iluminadas las partes activas de la partida. Conforme avanzas se van iluminando puntos, hay yacimientos de oro, bosques para cortar madera, piedra para construcción, etcétera, aunque también enemigos salvajes, jabalíes famélicos y toda clase de peligros. Ciudad Limítrofe es como una de estas islas semánticas que va creciendo conforme se requiere contar algo. Me ha ayudado a situar personajes sin la carga semiótica de un espacio concreto, porque luego esto le da un perfil psicologizante a todo, personajes, lugar, léxico, modos, todo eso, y creo que una historia, por más absurda que sea, tiene más coincidencias con la realidad que con cualquier fantasía. Quiero decir, para hacer una historia verdaderamente absurda habría que elegir un lenguaje propio, una cultura propia y un comportamiento propio. Vamos, para escribir un relato de absurdo puro tendrías que ser un pez y escribir sin escribir. O sea, ser un pez, comportarte como un pez y escribir de la forma en que los peces escriben. De otra manera, no estás haciendo otra cosa que imitar la realidad con ornamentos oníricos. Además de los dos libros que mencionas, Ciudad Limítrofe aparecerá en una novela que pienso publicar en 2019 y que es una precuela de Los gatos de Schrödinger. Se llama Los amos del universo y la ciudad toma mayor protagonismo.

¿Qué significado tiene el norte del país para ti además de ser tu lugar de origen? ¿Crees que la geografía determina la forma en la que escribes?, y en este mismo sentido, ¿Hermosillo es una ciudad que permite escribir o esos textos los redactaste en la Ciudad de México?

Hay un meme que puede ilustrar la respuesta. Es el dibujo de una mujer que lleva de la mano a su hijo pequeño. Al niño le llama la atención una persona de sexualidad ambigua, al menos visualmente, que va delante de ellos y le pregunta a su madre “Mamá, eso es ¿un hombre o una mujer?”, y la dama, educada y diplomática responde “Es una persona y hay que odiarlas a todas por igual”. Creo que esta distinción entre el norte y el centro y el sur sólo es material eficaz para los lingüistas que estudian variedades fonológicas y tonales. Por lo demás, somos igual de imbéciles. Norteños y sureños discutiendo si la quesadilla lleva o no queso. A algunas personas les ha funcionado muy bien capitalizar la idea de lo norteño, pero vivir en el norte no es determinante, es sólo un factor dentro de un cúmulo de ellos. Lo que verdaderamente influye en la escritura son las lecturas de aquellos autores a los que pretendidamente queremos parecernos. Y sí, definitivamente el ritmo de vida en provincia es mucho más laxo y te permite escribir con mayor calma proyectos a largo plazo. Esto, gracias a que no hay dispositivos de control de masas como el Metro o la sobrepoblación. Aunque, bueno, también tenemos los 56 grados centígrados que nos obligan a ocultarnos en casa. Y en el encierro, algo hay que hacer, ¿cierto? Dice Vila-Matas que una habitación cerrada es posiblemente el precio que hay que pagar para llegar a ver la luminosidad. Así que, ocultos del aberrante verano, escribimos.

¿Cómo construiste los relatos de Mil monos muertos, los pensaste en conjunto? ¿Planeaste que hubiera un hilo conductor entre todos, en este caso la muerte?

La idea del proyecto me llegó por invitación de Óscar Alarcón García. La Dirección de Fomento Editorial Buap le pidió que se encargara de editar la Colección Extra(e)ditados y me seleccionó para formar parte de ella. Cuando me dijo que le enviara un libro de cuentos me aterré, porque, la verdad, yo no sé cómo escribir cuentos. No tengo cabeza para cerrar narraciones. Así que, le propuse una selección de relatos, porque pienso que los relatos tienen mayor apertura a la experimentación y, esto es lo mejor de todo, no hay grandes historias por contar en ellos. Sé que la mayoría de los escritores quieren contar historias y es bastante complicado hacerlo, lo celebro muchísimo. A mí me encanta leer libros de historias. Pero yo no me veo haciendo eso. Yo no quiero contar historias (y sé que muchos amigos pueden reprocharme esto), no creo, realmente tener esta capacidad de Cachirulo, para diseñar una historia sincrónica. Porque me parece que tiene los mismos efectos que cualquier cuento de hadas. Hay novelas que inician y acaban y el universo narrativo es tan autosustentable que el lector no se pregunta qué ocurre más allá del punto final. Ya sabes, como cuando el príncipe y la princesa se casan y viven felices. Pero somos una generación profundamente ansiosa y queremos saber más. Queremos saber todo aquello que ocurre, años después de la boda, cuando el príncipe le pide el divorcio a Cenicienta por sus nuevos métodos cocainómanos contra la narcolepsia y todo eso. En este sentido, los relatos de Mil monos muertos revelan algunas de mis obsesiones, dibujadas por personajes que viven pequeños momentos y no grandes historias, momentos sincrónicos que, efectivamente, son interrumpidos por el final. El relato de “49 flatulencias” ni siquiera tiene punto final, sólo queda suspendida la voz del personaje femenino en el vacío de la página en blanco.

“Anotaciones de un salto al vacío” es una guía a detalle para documentar un suicidio como acto artístico; “49 flatulencias” narra el accidente, con bastante humor, y posterior muerte de una familia; en “Objeto A goza la muerte”, se describe a detalle el caos y muerte que genera el asesinato de un mosquito; “Chicas suicidas” es un gabinete de deformidades  ¿de dónde surge esta fascinación por la muerte, por lo no vivo, por lo deforme?

De niño tuve muchos problemas de ansiedad y esquizofrenia. Veía un montón de rostros y escuchaba cosas y no dormía. Odiaba las noches. En cuanto oscurecía sabía que las cosas iban a ponerse de la mierda. Llegué así hasta la adolescencia, cuando descubrí un método eficiente. Veamos. Para explicarlo, hablemos, brevemente de Kafka. Deleuze y Guattari decían que Kafka había “edipizado” a su padre en la famosa carta, agigantando sus rasgos, inflándolos con tal magnitud que había acabado por reventarlo simbólicamente y llevado esta pomposidad hasta el ridículo. Eso mismo hice con mis miedos. Cuando alcancé los catorce años me dediqué a hacer ritos satánicos y a invocar al Diablo. Mi madre se desmayó un par de veces al verme con túnicas negras. Recolecté cráneos y huesos de vaca y rocié una esquina del patio con pintura roja a manera de sangre. Coloqué veladoras y leí manuscritos de invocación. También puse los discos de Gloria Trevi en reversa. Hice todo esto hasta que se volvió ridículo y las voces dejaron de manifestarse. Pero la ansiedad jamás se fue. Todo el día estoy pensando en cómo voy a morir. Es un asunto permanente. El pecho me arde y se me va el oxígeno. Supongo que todo esto permea en los textos. Pero no es deliberado, quiero decir, no estoy, como dicen los poetas, haciendo catarsis. Sólo ocurre, porque, finalmente, las voces están ahí dentro y trato de lidiar con todo eso diariamente. Sobre las deformaciones, me gusta exponerlas en mis textos porque, aunque la mayoría de las personas vende una imagen pública, en el fondo son siniestros. Hay una pulsión que gobierna. No es que yo tenga este tipo de perversiones que aparecen en mis libros (mejor ni me preguntes las mías), pero sé que se conectan con el lector, porque todos, al final de cuentas, estamos rotos y tenemos fijaciones y manías y obsesiones y sólo aquí, en el texto, podemos reconocerlas sin pudor.

Hay guiños autobiográficos que se convierten en personajes, como la calavera negra como lunar en “Chicas suicidas” y como una pipa en “Esto es, innegablemente, una pipa”, tú llevas un tatuaje de calavera en el pecho…

Sí, definitivamente, porque eyectamos, al escribir, una parte fugaz e inasible que se evade a la racionalidad. Puede que ni siquiera lo haya pensado. Es decir, hasta ahorita que lo mencionas veo la correspondencia, pero ni me había percatado. Y esto está conectado con la respuesta anterior. Para Kristeva (Julia), lo abyecto permite la pulsión, faculta la descarga excreticia del ser, lo oculto en la oscuridad y que es expulsado hacia la luz en los textos literarios. Esta deportación abstracta de materia oscura que se instala en la psique y que escapa a nosotros conscientemente habilita la liberación de histerias mayores.

¿Cómo te iniciaste en la lectura? Muchos autores tienen anécdotas románticas o fantásticas de su primer encuentro con los libros, como abuelos maravillosos que los inician, padres con colecciones famosas que no restringen las lecturas, pueblos con bibliotecas locales habitadas por los clásicos… pero, por los relatos que cuentas de tu infancia pienso que tu primer encuentro con los libros debió ser diferente.

Me inicié por rencor. Te cuento, pero, bueno, acá también hay un perfil de abolengo, pero sin romanticismo. Mi madre es de la Ciudad de México, aunque vive acá en Sonora desde finales de los 70. Así que, a principios de los 80, cuando yo tenía 4-5 años, mis abuelos se vinieron a Sonora a probar suerte, aunque parece que no fue la mejor decisión porque volvieron al sur en unos meses, huyendo despavoridos del calor. Durante ese tiempo que estuvieron acá, rentaron una casa en una colonia que se llama Santa Fe, que en aquel entonces era una colonia más o menos elegante y que, además de ser de dos plantas, contenía una biblioteca muy surtida. La casa de mis padres, un rectángulo de ladrillos de dos habitaciones que Infonavit reconocía como hogar, estaba en las orillas de la ciudad, así que mi madre solía ir a visitar a su madre continuamente y me llevaba con ella. Ellas dos siempre tenían cosas de las cuales hablar y para no lidiar conmigo me encerraban en la biblioteca y me encantaban las enciclopedias. Todo el tiempo iba a que me tradujera los pies de foto y, me imagino que un día se hartaron las dos de que estuviera interrumpiendo, me regañaron despiadadamente. Mi abuela me dijo que aprendiera a leer para que no estuviera jodiéndolas. Que si no aprendía pronto no me dejaría entrar a la biblioteca, el único sitio al que no entraban mis otros primos. Por entonces me encantaba estar solo porque ellos siempre fueron muy, cómo decirlo, ¿normales?, ¿frescos? Siempre que intentaba interactuar con ellos se burlaban de mi timidez y me llamaba “ranchero” y prefería aislarme. No tengo nada contra los rancheros, pero entonces sí lo tenía. No quería ser un ranchero que halaba las ubres de las vacas para obtener su leche. Era horrible imaginarme así. Me sentí humillado por mi abuela y me concentré en aprender a leer. Para cuando lo conseguí ya era demasiado tarde, ya se habían largado de Hermosillo. Cuando había fiestas en casa de mis tíos me metía a leer todo lo que podía porque ellos sí tenían enciclopedias y libros. Siempre pensé que los libros eran objetos de gente con dinero, porque en casa nunca hubo uno solo. Y así pasé muchos años mejorando mi lectura para restregárselo a mi abuela en su carita. Pensaba que llegaría hasta ella y le haría una lectura en voz alta para vengarme, pero entonces, tampoco la alcancé y murió. Ya estaba demasiado obsesionado con los libros para cuando quise abandonar la campaña de rencor y aislamiento. Y aquí sigo, cada vez que abro un libro, le agradezco a doña Mariquita (así le decían, no piensen que sigo resentido) haberme sancionado aquella mañana en su casita con olor a frutas y aceite 3 en 1 para maderas.

¿Por qué Kafka, por qué Foster Wallace como sombra en tus relatos?

Kafka para mí es como un tótem. Su literatura me cimbró. Su ansiedad conectó de inmediato con la mía. Hallé afinidad en esta desarticulación familiar, en estos miedos recurrentes, en la abrumadora sensación de autodesprecio y en el manejo del humor amargo, un humor que te roba algo al reír, un humor que te deja vacío. Kafka fue el primer autor que me enseñó que las voces se pueden materializar en el papel para luego desvanecerse. Le tengo un amor infinito al checo de bombín. Foster Wallace, por otra parte, es como un modelo a seguir. Le admiro su capacidad para sentir y describir lo que siente, aunque estos sentimientos no le pertenezcan, aunque sean sensaciones imaginadas o prestadas de personalidades extrañas a él. Me sorprende, como diría mi amiga Gabriela Torres, su amplitud para experimentar la empatía. Esta capacidad fue lo que le permitió escribir obras tan maravillosas como La broma infinita y al mismo tiempo lo que terminó por llevarlo al suicidio. Su escritura no busca el gran relato sino el reconocimiento de las heridas y las obsesiones más puras que nos controlan al día. Estos dos autores son sólo una pequeña parte de toda esa influencia que logro reconocer en lo que escribo. Sin duda, también están en mis libros las sombras de Samuel Beckett, Donald Barthelme y Thomas Pynchon. Siempre lo digo, al escribir, no hacemos otra cosa que tratar de cubrir el profundo vacío que nos deja la finitud de los libros de nuestros escritores preferidos.

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